Los Mayores Cuentan

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Mecida en seda. Relato de Felisa Fernández

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Le damos la bienvenida a Felisa Fernández a nuestra sección de Cuentos y Relatos y le agradecemos esta historia tan original y misteriosa, que solo al final desvela toda su intriga. 

He vuelto al pueblo que me vio nacer. Situado en un valle, las montañas que le rodean parece que me hablan, me dan la bienvenida, quieren traerme a su regazo maternal.

Las calles tortuosas desembocan en la iglesia y el castillo, éste último de estilo mudéjar está situado en lo más alto, enseñando su grandeza. Más abajo, la iglesia del siglo XVII llama a la oración y el recogimiento. A la derecha mi calle empinada y sola, cómplice de mis juegos infantiles, donde resbalan los burros sus cascos en el suelo empedrado; la casa con un arco de piedra de medio punto en la puerta da sensación de tristeza y abandono.

Saco del bolso una llave grande, oxidada, entro dentro ¡me gusta su olor a madera vieja!

Mi madre, una anciana de pelo blanco y mirada bondadosa, sale de la cocina al oír abrirse la puerta. Nos damos un abrazo fuerte y esperado durante muchos años. Mi padre, en el portal, con un manojo de mimbre, está haciendo una cesta, que después utiliza para la vendimia, no se levanta para saludarme, solo me mira; teme mostrar sus sentimientos, pero yo que le conozco muy bien, sé que está deseando abrazarme, me acerco a él, trata de ocultar una lágrima indiscreta, le miró con ternura y se la limpio con las yemas de mis dedos, le beso y nos fundimos en un fuerte abrazo.

Un recuerdo de mi niñez viene a visitarme: veo a mi padre, un hombre joven y rudo, entrar por la puerta con un ramillete de campanillas que cogía para mí en las tierras de labranza. Yo lo recibía con los brazos abiertos deseando sentarme en sus rodillas al amor de la lumbre para que contara historias; aunque mis cabellos visten canas me parecen estas vivencias tan cercanas.

Salgo al patio, me apoyo en la vieja mecedora de mi madre, y desde aquí veo la higuera cómplice de mis juegos infantiles, ¡buscábamos quimeras! Sus ramas están secas, ya no hay lilas ni rosas, una niebla espesa tapa la maleza seca. ¡Qué dura es la vida cuando nada la llena! Me siento dentro del vientre de mi madre mecida en seda, después en su regazo de seda, sus ojos, mirándome con ojos de seda. Mientras la lluvia caía mansa, dando brillo a las hojas de los lilos y las rosas.

Las gotas plateadas caen y empapan la tierra, las gallinas escarban en ella, sacando las lombrices con el pico que comen con glotonería. ¡Mi madre! Nunca reparé en su pequeña estatura ¡la veía tan grande!

Una extraña atracción me hace levantarme de la mecedora como sonámbula, salgo de la casa, me dirijo al castillo, la noche es oscura, llueve, no se oyen mis pasos, el aire mueve una lata en el suelo de mi calle, haciéndola rodar con extraños remolinos; la lluvia azota mi cara, el viento me deja andar con mucha dificultad. A lo lejos, un perro aúlla.

Empujo la puerta del castillo que se abre sin dificultad. Entro en el patio. Siento un intenso frío, no es del cuerpo, más bien es de los sentidos o tal vez del alma. El puente levadizo está alzado, abajo el foso lleno de agua. Una leona se pasea cerca, fuera de su jaula. A la derecha una puerta abierta me invita entrar. Un gran salón aparece ante mis ojos. La escultura de don Álvaro de Luna, montado a caballo preside la estancia. En las paredes, diversos trofeos de caza. Subo por una estrecha escalera de piedra, me dirijo a una estancia ligeramente iluminada con velas. Un hombre sentado en una cama tiene en las manos una extraña baraja de cartas. De estatura normal tirando a baja, delgado, su piel cetrina, su mirada torva le da un aspecto siniestro. Debe de haber algo en las cartas que le aterroriza, porque su mirada se vuelve más dura.

En la misma habitación, escondida detrás de unas cortinas de terciopelo rojas, una joven y bella mujer de raza negra lleva un bebé de escasos días en sus brazos, lo aprieta en su regazo con temor de que alguien se lo arrebate. En la mano derecha lleva una pistola. Apunta con decisión al hombre a la cabeza. Corro hacia ella por detrás, intento sujetar su brazo, pero es como si mi mano no existiera, ella ni se entera. Suena un disparo. El niño rompe a llorar, asustado. Un chorro de sangre sale de la cabeza del hombre inundando la cama. La mujer se acerca con la pistola humeante y con toda frialdad, con su mano enguantada, la pone en la del hombre apuntando a su cabeza. Después sale de la estancia. Corro tras de ella, la leona sigue en el patio intranquila, la puerta de la calle está cerrada.

Con gran sorpresa salgo sin dificultad.  En la calle vuelvo la cabeza, la gran mole de piedra aparece a mi espalda entre sombras fantasmagóricas. Solo hay una ventana allá arriba encendida, las luces se apagan y se encienden de una forma extraña, hasta quedar completamente a oscuras.

Al día siguiente todos los periódicos del país se hacen eco de la noticia con unas escuetas palabras.  Al dueño del castillo, el multimillonario don Ildefonso de Sotomayor se lo han encontrado muerto. Todo apunta a un suicidio.

Ahora recuerdo esta historia: el hombre asesinado efectivamente es el dueño del castillo, lo compró a los herederos de un anciano Barón cuando éste murió. A pesar del rimbombante apellido era de origen francés, aunque de padres españoles exiliados de la guerra civil española. Se decía que era un hombre que había hecho su fortuna a base de negocios sucios, drogas, prostitución… Un ser cruel y sanguinario que utilizaba a las mujeres como una simple moneda para sus caprichos y beneficio. No tenía miedo a nadie ni a nada, solo a la magia negra que se practicaba muy a menudo en el castillo.

La mujer de color se llama a Dorotea y vino engañada por este hombre que le ofreció un puesto de trabajo. La trajo al castillo, encerrándola y abusando sexualmente de ella, siempre que quiso hasta dejarla embarazada. Cuando el niño nació, lo tuvo sola sin ayuda de nadie, el padre lo llevó rápidamente a la leona, que acababa de parir, para que lo amamantara y lavara con su lengua la sangre que todavía tenía el bebé. A la mujer la arrojó del castillo.

Cierro los ojos veo mi cuerpo inerte, cadavérico en la Facultad de Medicina, que durante meses nadie reclama, voy a ser descuartizada por manos extrañas para la ciencia. Alrededor de él hay varios estudiantes uno coge el escarpelo, saca mi hígado, se lo tira otro que le da de pleno en la cara, todos ríen. No siento ningún dolor. ¡Salgo de allí horrorizada! ¡no quiero! Deseo descansar en el panteón familiar junto a mis padres.

Miro al cielo pidiendo ayuda. De pronto me siento envuelta en nubes de algodón, me elevan más y más. Soy muy feliz.  Las nubes se van disolviendo, son los brazos de mis seres fallecidos que me rodean de amor. Una gran paz me inunda. Me siento mecida en seda.

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