Los Mayores Cuentan

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Lucinda. Relato de Jesús Sanz Perrón

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Le damos las gracias a Jesús Sanz por este «relato de pandemia» cargado de espontaneidad, intensidad y sentimiento. 

Vamos, Lucinda, te lo suplico, a explayarnos y, con ello, renaceremos de nuestras cenizas. Te lo digo con todo el cariño, pero también abarrotado de responsabilidad. Quiero que entiendas que todo deviene de un malentendido: tú estás enfadada porque crees que yo estoy enfadado también; que esta carta sea el justificante que lo certifique. Te digo, en principio, que el recado que te envié pretendía ser un catalizador que acelerase, de una vez por todas, cuanto en estos meses ha pasado. Sí, quiero insistir en esto, mi querida, mi adorada Lucinda.  Yo, con toda la fe del mundo, con todo el cariño que ahora te profeso en la distancia, pero también con toda energía, te dije por teléfono que el problema –el Covid para entendernos –no nos impedía, al menos por un tiempo, reunirnos, estar juntos, solamente un rato, aunque no fuese nada más que para regalarnos unos besos de nada que no van a ningún sitio, y sentir en mi espíritu el candor, el aroma, y el calor –sobre todo el calor de tu cuerpo – pero tú lo rechazaste de malos modos, casi con violencia, y me colgaste el teléfono. Insistí, terne, por el móvil, con igual resultado, y al cabo volví a lo mismo con WhatsApp, yo por mi parte dispuesto a resolver el conflicto cuanto antes, pero tú erre que erre, cerrada a cal y canto.  Así que así estamos: Yo queriendo aplanar la curva del Covid para volver a juntarnos cuanto antes y tú en cambio pareciera que estás en otras latitudes, en otra equidistancia, abstraída y como ausente. Y con todo, urge que arreglemos esto, todo tiene solución. Sin embargo – y por eso te digo esto – quiero proponerte, por el cariño que te tengo, por el amor que te profeso, por todo lo que, en mi afán por verte, por admirarte, por adorarte, nos veamos cara a cara, abiertamente, cuando el sol decline hacia el Ocaso, hacia la noche cerrada y más allá, y juntos, protegidos por la oscuridad, sin prohibiciones abstrusas y arbitrarias, nos complazcamos gozando nuestras más íntimas emociones y cumplamos así con las leyes no escritas de los hombres. Y al fin seremos libres, Lucinda, y volaremos por los prados y correremos por los aires y, agotados, ofreceremos nuestro último sacrificio en ofrenda a los dioses todos del Olimpo.

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