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Los vecinos. Relato de Soledad del Yerro

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Hace unos días escuché que en el piso de debajo del mío estaban haciendo mudanza. Hace sesenta y dos años que vivo en ese edificio, y lo cierto es que, de los que llegamos jóvenes, vamos quedando pocos, y me imaginé que durante el verano algo le había pasado a Pedro, pues Alicia, su esposa, había fallecido hacía dos años y él vivía solo; sus dos hijos ya se habían independizado.

Alicia era cordobesa. La veíamos casi siempre cuando estaba esperando a que Pedro sacara o dejara el coche en el garaje. Ella tenía desde siempre una cojera muy notable, como consecuencia de un accidente que sufrió montando a caballo; por eso salía siempre en coche.

Su gracejo andaluz, su carácter bondadoso y su linda cara me recordaban una bonita poesía que decía:

Es morena y cordobesa

Con andares de gitana

Y mira como una princesa

Montada en su caballo

Espuela de oro en los pies

Como corona y por peina

Un sombrero cordobés.

A Pedro te lo encontrabas siempre haciendo la compra. Cuando me enteré de que Alicia había fallecido quedé impresionada, pues fue un infarto masivo. Pasados unos meses coincidí con él en el ascensor. Yo había sufrido la pérdida de mi marido dos años antes y le dije:

—Qué duro es que se vayan los compañeros de toda la vida. Hay que pasar un duelo que no tiene fin.

Me miró y me dijo:

—De eso nada. Ahora nos toca vivir la vida a nuestra manera. Yo todavía funciono sexualmente. Vengo de comer con una amiga; ahora descanso un rato, me arreglo y me voy a jugar una partida, y después, a lo que salga.

Me quedé desubicada.

—Vale, pues que te diviertas.

Viniendo una tarde a Cruz Roja me lo encontré en la puerta de la calle. Me di cuenta de que estaba despistado, no sabía por donde cruzar; le pregunté que a dónde iba, y me dijo que al centro médico de Infanta Mercedes, porque no encontraba unos billetes que tenía para hacer un viaje con una amiga en avión, y quería que el médico le ayudara a buscarlos.

—¿Por qué no llamas a tus hijos y ellos te ayudaran? —le sugerí.

—No, es que el doctor me ha dicho que cuando necesite ayuda vaya a su consulta.

Me percaté de que algo no iba bien y, como me venía de camino, lo dejé cerca del centro médico.

Pocos días después, una chica que hace la limpieza en la casa de enfrente de la mía llamó para decirme que el vecino de abajo llevaba con la puerta abierta las tres horas que ella había estado limpiando. Bajé con ella y, como Pedro no contestaba, entramos las dos y, al comprobar que no había nadie, dejamos la puerta juntada.

Ayer vino su hijo a decirme que lo habían ingresado en una residencia porque tenía la cabeza perdida y habían alquilado la casa. Para ayudar a pagarla.

3 Comentarios

  1. Qué historia tan conmovedora. A veces el duelo se esconde tras una sonrisa o una aparente normalidad, y los despistes y la desorientación avisan de que la persona necesita ayuda. Gracias por recordarnos lo importante que es mirar, preguntar y acompañar a quienes se quedan solos.

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    • Las historias del final de la vida siempre tienen ese regusto amargo y enternecedor que emana de este relato.

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  2. Sole es una historia profundamente conmovedora y, lamentablemente, muy real. Agradezco mucho que hayas compartido conmigo este relato tan íntimo y lleno de humanidad. Refleja con una gran sensibilidad el paso del tiempo, la forma en que los vecindarios van cambiando y las distintas maneras en que las personas se enfrentan a la vejez y a la pérdida.

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