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La noche mágica. Relato de Carlos F.

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Nunca supo si se había apagado la luz o si había cerrado los ojos. El reloj, colgado en la pared blanca, marcaba las 23:30 del 5 de enero… No llegó a terminar de leer la fecha.

Estaba tumbado en una cama de aquella habitación de hospital a la que lo habían llevado. Había pasado allí todo el día, y también el anterior.

Sintió la presencia de alguien —o de algo— cerca de él. La oscuridad era absoluta y, en su imaginación, comenzaron a surgir recuerdos de la cara oculta de su memoria. Trató de apartarlos moviendo los brazos, pero no pudo hacerlo. Intentó patalear; las piernas no respondieron a su esfuerzo.

Un leve roce —al menos eso le pareció entonces— estremeció su piel, que en otras ocasiones hubiera bastado para erizarla. Le evocó esa otra piel, la de garbanzo, que llevó durante trece meses. Bastó ese recuerdo para lanzar un grito de angustia tan desolador como sordo.

—Tenemos que llevarlo hoy —dijo Ana.

—Voy a comprobar el parte de salida… Todo correcto, podemos hacerlo— respondió Julia.

La sala donde se encontraban estaba pintada en un tono neutro. La mezcla de colores —rojo, azul y amarillo— daba como resultado un ocre muy suave, acogedor y relajante.

—Vaya suerte que tienen algunos —afirmó Ana.

—No está oficialmente muerto, aunque sería mejor que lo estuviera —comentó Julia.

—Nunca estás conforme… Esta pobre gente…—. El resto de la frase murió antes de salir de la boca de Ana.

—¿Sabes, Ana, lo que ha pedido a los Reyes Magos el hijo de Alexia? —preguntó Julia, con una entonación entre el resquemor y el desprecio.

El sonido zumbón de un teléfono móvil recorrió la sala un par de veces antes de que Ana contestara.

—Sí, al habla.

—El monitor recoge una ligera variación en la cama número uno. Haga el favor de comprobarlo.

—¿Qué ocurre? —inquirió Ana.

—Lo habitual, aunque es raro; hacía tiempo que no ocurría —dijo Julia—. Utiliza el termógrafo y el escáner, ¿quieres?

Al cabo de unos minutos que le parecieron una eternidad, Ana confirmó que el cuerpo estaba en el punto anterior a convertirse en un témpano y que las constantes vitales ya no existían.

—Antes ibas a contarme qué había pedido a los Reyes Magos el hijo de Alexia —recordó Julia..

—Ah, sí. Te va a parecer extraño. No sé dónde lo habrá oído; tiene solo siete años y en la escuela no lo creo, porque ya sabes que está estrictamente prohibido —continuó Ana—. A pesar de la letra que tiene, según su madre, se entendía perfectamente: “Quiero ser Rey Mago. Aunque no existan, yo quiero ser uno. Quiero que esa noche dure mucho tiempo. Hacer magia y convertir a todas las personas en seres humanos”.

—¿Seguro que su madre o su padre no le han contado nada? —preguntó Julia.Ana negó con un gesto cansado

—No, no lo creo. Son muy conservadores y respetuosos con las tradiciones. He hablado con ellos alguna vez de la noche mágica y aseguran que son supersticiones.

—Bueno, sigamos con el trabajo y acabemos cuanto antes, el traslado no espera —enfatizó Julia.

Volvió el silencio a la sala. La luz se atenuó. Y como cada noche del 5 de enero, una persona iniciaba el camino hacia su conversión en ser humano, tal y como escribió en una noche lejana en una carta a los Magos de Oriente.

Julia y Ana empujaron la cama, dirigiéndola hacia la salida de la habitación. Volvieron y cerraron la puerta.

Todas las noches del 5 de enero, si se observa la Estrella Polar o la Cruz del Sur, se pueden contemplar destellos fugaces, guiños cómplices de quienes, gracias a esa noche mágica, llegaron a convertirse en seres humanos.

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