
La chica lee extasiada, en tanto que yo observo el paisaje siempre cambiante que, a modo de caleidoscopio, se sucede sin solución de continuidad. ¿Cómo puede permanecer indiferente – me pregunto – ante la avalancha de colores: verdes, azules, ocres…? Irá a su trabajo – pienso – o quizá la espera su novio, o sus padres, quién sabe. Y me pregunto, intrigado, por qué no levanta la mirada, siquiera sólo un instante, para contemplar la maravilla que la naturaleza nos ofrece a todas horas. Tengo la tentación de interrumpirla y recomendarle – exigirle incluso – el gratuito espectáculo. Y sigo observándola con no disimulada curiosidad temiendo que se va a perder – carpe diem – el prodigio de cada día. Hay que ser sublime sin interrupción, que dijo el otro. El tren va refrenando la marcha, aparecen algunas casas y poco a poco se detiene. Hemos llegado al destino; la chica cierra el libro y yo alcanzo a leer: “La Odisea”. Ahora entiendo el interés de la muchacha por Homero y el absoluto desprecio por lo que, seguramente, ya ha visto muchas veces. ¡Qué confundida está, pero qué razón tiene!
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