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Historia de una ambición – Los Borgia. Relato de Carmen Jiménez

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Le damos las gracias a Carmen Jiménez por compartir este magnífico relato que nos transporta a la fascinante historia de los Borgia. 

Estaban desmantelando aquella vieja casa y de entre los trastos, sacaron un baúl que al ponerlo en el suelo casi se deshace. Me acerqué a los obreros y les pregunté “¿Van a tirar todo esto?” “Pues claro, ¿usted cree que sirve para algo?” Yo, haciendo caso omiso de la agria contestación, le volví a preguntar, “¿podría quedarme con este baúl?”  Los obreros se miraron sorprendidos y me contestaron al unísono, “por nosotros ningún problema, lléveselo”.

Despacio,  arrastrándolo por la calle, porque pesaba lo suyo, logré llevarlo hasta la casa de mis abuelos y una vez allí , lo ubiqué dispuesta a abrirlo.  Levanté a duras penas la tapa y una cortina de polvo me envolvió.  Su contenido… Manuscritos, montones de manuscritos, escritos con una letra larga y afilada y en italiano. Me sorprendió la fecha que vi en el primero de ellos (estaban colocados al parecer, siguiendo un riguroso orden): “Sassuolo, Mayo de 1520”.

Me senté con tranquilidad en la alfombra y me dispuse a degustar el contenido de tan antiguos papeles.

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Estando al final de mi existencia, eso es lo que supongo, ya que el odio de mi suegra crece cada día y mi miedo también, es por eso que ahora, he de poner fin a la historia de alguien, a quien he amado mucho y con la que he compartido alegrías, tristezas y momentos inolvidables de mi vida. Yo, Ángela Borgia, hija extramatrimonial de Guillem de Borja, que estuvo sirviendo al Papa en Roma, fui la amiga de absoluta confianza, confidente de los secretos más íntimos, compañera predilecta y asistente preferida de mi prima Lucrecia y en estas páginas voy a relatar algo de su vida.

La familia procedía de Borja, una localidad española situada en los confines orientales de la sierra del Moncayo, en el Reino de Aragón, aunque en el siglo XIII se estableció en Valencia. Uno de sus antepasados, el obispo Alonso de Borja (1378-1458), pasó de Játiva a Roma y se convirtió en papa con el nombre de Calixto III, practicando desde entonces una descarada influencia para acomodar a la familia en los altos cargos y que tuvo su principal beneficiario en su sobrino Rodrigo, padre de Lucrecia. Rodrigo, tras la muerte de su tío, se valió de su fortuna para hacerse en 1492 con el papado, convirtiéndose en el papa Alejandro VI.

Los Borja, que habían italianizado su apellido convirtiéndose en los Borgia, se fortalecieron en el poder,  hasta el extremo de que, por un momento, pareció que se podían adueñar de toda Italia, suscitando con su actitud la unánime inquina de las familias patricias de Roma.

Además de padre de Pedro Luis, Jerónima e Isabella, Alejandro VI fue el progenitor de César, nacido en Roma en 1475, y de Lucrecia, cinco años más joven que éste, de Juan y de Godofredo, todos ellos nacidos de su amante Vannozza Cattanei.

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Roma, sin embargo, reprobaba al Papa, sus escarceos amorosos y criticaba la forma en la que hacía a sus hijos prosperar y les escandalizaba que se hubiera rodeado de españoles, despreciando a los italianos dentro de la curia.

El 18 de abril de 1480, el cardenal Rodrigo Borgia, convocó en su mansión de Roma a unos astrólogos para conocer el porvenir de una niña recién nacida. Aquella niña se llamaba Lucrecia y su madre era Vannozza Cattanei, una bella romana casada por entonces con el caballero milanés Giorgio San Croce.

El verdadero padre, sin embargo, era el propio cardenal Borgia, de quien Vannozza era la concubina preferida desde hacía años. Los astrólogos vaticinaron un gran futuro para la pequeña, y lo cierto es que, en general, no se equivocaron.

Fué la dulce Lucrecia , mi querida prima, fiel instrumento de los fines del Papa.  El cariño que el padre procesaba por la hija le llevó a tales demostraciones de ternura que las lenguas viperinas le acusaron de incesto e inventaron una morbosa historia sobre aquella relación, poco o nada importaba que fuera verdad o no.

Las familias poderosas de Roma inventaron una leyenda negra en torno a él. Le acusaron de envenenar a sus enemigos, por orden de él mismo o de su hijo César,

Lucrecia era una joven moderadamente bella, de largos cabellos rubios que correspondía a su padre con todo su cariño y respeto, aceptando siempre sus decisiones con sumisión.

Cuando el 26 de agosto de 1492, su padre fue elegido papa, Lucrecia se convirtió en objeto de deseo para las principales familias italianas, deseosas de emparentarse con la hija del Papa, al tiempo que en un objeto para el propio papa, que utilizó a su hija para sus intereses políticos.

Ella, no dudó en obedecer la decisión de su padre, cuando éste le escogió el marido de su primer matrimonio, una práctica habitual por aquel entonces, entre la clase acomodada. Alejandro VI, casó a los trece años a su hija Lucrecia.

Su primer matrimonio fue acordado cuando apenas tenía once años de edad, pero la boda no se llegó a efectuar. Al ser nombrado papa, su padre consideró que el esposo elegido era poco digno para ella, y entonces decidió que Lucrecia, cuando aún contaba trece años de edad, debía casarse con Giovanni Sforza, de veintiséis.

Pero con el tiempo la importancia de esta alianza con los Sforza disminuyó, Alejandro VI buscó otras alianzas más ventajosas, y encontró la manera de anular el matrimonio, alegando que éste no se había consumado por impotencia del marido.

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Mientras se llevaban a cabo los trámites de la anulación del matrimonio, Lucrecia estuvo recluida en un convento con la excusa de olvidar lo sucedido y retirarse un tiempo de la vida pública. Pero, además, la razón de su reclusión durante más tiempo, era la necesidad que había, de ocultar el estado de Lucrecia. Fue allí donde, con apenas 16 años, dio a luz a un niño, de nombre Giovanni.

Lucrecia vivió sus días de reclusión en el convento pensando en todo lo que estaba ocurriendo, envuelta en un estado de confusión sobre su futuro. El asesinato de su hermano mayor había sido un duro golpe y un aviso. Parecía que ya nadie quería saber quién había asesinado a su hermano Juan. Lucrecia no quería pensar que su hermano César hubiera tenido nada que ver en ello, pero cuando César abandonó Roma tras el entierro, ella empezó a sentir sospechas, con tantos rumores a su alrededor.

Integrada ya plenamente en la vida romana junto a su hijo, Alejandro VI volvió a acordar un nuevo matrimonio para Lucrecia. Tenía ya dieciocho años, pero seguía estando obligada a obedecer a su padre. El elegido era Alfonso de Aragón, Duque de Bisceglie e hijo del rey de Nápoles. Por primera vez, Lucrecia se sentía feliz.

La alianza política se rompe cuando su hermano César es rechazado en Nápoles, y el odio entre éste y su marido Alfonso crece constantemente. En la noche del 15 de julio de 1500, unos desconocidos atacaron a Alfonso, y éste llega medio muerto, cubierto de sangre y de heridas,  y balbuceando, acusa a César de intentar asesinarle.

El amor que Lucrecia había sentido siempre por su hermano se torna en miedo. Pensaba en lo unidos que habían estado siempre, pero ahora…

Después, en Ferrara, con su tercer marido, Lucrecia había superado aquel ambiente de corrupción e intriga en el que había crecido.  Solo quería que se la recordara como había sido, y no como la habían retratado aquellos que la habían utilizado en sus intereses políticos.

Sin embargo, la hija del papa Alejandro VI ha pasado a la historia, como culpable de los peores crímenes. En realidad, Lucrecia fue una joven culta y refinada que, cuando aún era una adolescente, hubo de servir a los intereses políticos de su padre y de su hermano César.

Nunca pudo luchar contra la leyenda que la acusaba de incesto, tanto con su padre como con su hermano, hasta el punto que la llamaban “Hija del Papa, esposa y nuera”. Sin embargo, no hubo indicio alguno de ello, aunque las calumnias han perdurado a través de los tiempos.

A la muerte de su hermano César invadido por la sífilis, Lucrecia se convirtió en la última Borgia. Un apellido del que había deseado huir desde la muerte de su esposo Alfonso. La casaron y descasaron según conveniencias de la política circunstancial.

Con Lucrecia Borgia, la leyenda se desata y alcanza tal paroxismo, que más que morbo, produce sonrojo por la cantidad de acusaciones que se arrojan sobre su figura.

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Lucrecia se llevó a la tumba muchos secretos. Entre ellos, el origen de su primer hijo. La incógnita la perseguirá durante toda la eternidad, pero eso a ella no le importaba. Le importaba el presente. Morir en paz, junto a sus seres más queridos, siendo un modelo de fidelidad y virtud. Lo demás, poco le importaba…

Aunque me llamo Ángela Borgia, y mi vida ha formado parte de la suya durante muchos años, en realidad la última Borgia de la historia. Mi fin está cerca también y deseo limpiar su imagen,  porque como muchos,  ha sido presa de una tela de araña, de la que fue casi imposible escapar.

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Es la última página de los manuscritos, mis ojos se han cansado, la noche ya ha tendido su negro manto.

Si tuviera que suponer en qué lugar de la vieja casa del pueblo italiano, se esconde su “alma”, sí, la de ella, la de Lucrecia, no tendría ninguna duda: en el viejo desván.

Allí donde siempre van a parar todas las cosas que ya no se utilizan,  pero de las que nadie quiere desprenderse del todo porque, al fin y al cabo, son pedazos de nuestras vidas. Una especie de orfanato para trastos, cachivaches y recuerdos, eso, nada menos que eso tan maravilloso, como es un viejo desván.

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