Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

El ratón Pérez. Relato de Ana Simal

Compartir

Nos ha encantado este pequeño cuento de Ana Simal. Os animamos a leerlo.

Hoy se me ha caído mi primer diente.

Me hizo mucha ilusión.

Se lo dije a mamá que llamó corriendo a la abuela.

– ¡Qué a la niña se le ha caído un diente!

– Pero si es muy pequeña.

– Pues ya ves, ésta es precoz hasta para eso.

Luego empezaron mis preguntas: – ¿Se me tienen que caer todos?

– Casi todos, – dijo mamá. – Creo que hay muelas que no se caen.-

– Y, ¿vuelven a salir?

– Pues claro.

– ¿Por qué a la abuela no le han salido?

– ¡Qué cosas dices! Claro que le salieron en su tiempo.

– ¿Y se le volvieron a caer? Porque ahora se los quita y los deja en una cajita en la mesilla de noche.

– ¿Y cuántos dientes tenemos?

– No sé, hija, creo que treinta y tantos.

Mamá harta de tanta pregunta me dijo: – Tú ponle esta noche debajo de la almohada y el Ratoncito Pérez te traerá algo.

Así lo hice y por la mañana tenía un paquetito con un euro y el diente había desaparecido.

Me puse muy contenta : ¡Menudo negocio! Con la cantidad de dientes que tengo y encima se caen dos veces.

Yo nunca había visto un ratón y al Ratón Pérez me lo imaginaba como Mickey pero en pequeño, con su pantalón de tirantes y siempre sonriendo.

Pero este fin de semana cuando fuimos al pueblo pasó algo tremendo.

Entré por la mañana en la cocina. Mamá estaba subida en una banqueta chillando. Papá persiguiendo con la escoba a un bicho. No daba miedo pero sí un poco de asco.

– ¡Mátalo, Paco, mátalo!- decía histérica.

– ¿Qué es?- pregunté yo.

– No lo ves hija, un ratón.

Era la primera vez que yo veía un ratón.

– ¿Pérez?. – Pregunté.

Mi madre seguía chillando: – No sé si Pérez o López pero tú mátalo, Paco.

Al mes siguiente se me cayó el segundo diente. Tuve mucho cuidado de que no se enterara nadie.

Lo tiré a la basura decidida aunque con algo de pena. ¡Adiós mi negocio!

Pero no quería ni pensar que un bicho peludo como el de la cocina del pueblo se metiera debajo de mi almohada. ¡Puag! Aunque me dejara no un euro, cincuenta.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *