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El embrujo de Granada. Relato de Soledad del Yerro

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Le damos las gracias a Soledad del Yerro por este relato tan bonito donde mezcla la fascinante historia de los últimos reyes Nazaríes con recuerdos de su propia vida.

Me levanté aquella mañana un poco triste. Las niñas se habían ido quince días de campamento a Puebla de Sanabria con el grupo Scout del colegio. La casa se quedaba vacía sin su alboroto y yo notaba mucho su ausencia. Cuando mi marido llegó a casa y me propuso que le acompañara cinco días a Granada, ya que a la Orquesta Sinfónica de Madrid a la cual pertenecía había sido contratada para interpretar allí la ópera Carmen, no tuvo que repetírmelo dos veces, rápidamente acepté y dos días después salíamos en nuestro coche con destino a esa ciudad.

Una vez pasado el puerto de Despeñaperros, noté que la blancura y alegría de Andalucía se iba metiendo poco a poco en mi alma.

Mi marido iba a trabajar, «ya estaba acostumbrada a ello», y yo tenía que planificar mis actividades por mi cuenta, porque con él solo podría estar en sus ratos libres. En aquella ocasión mi compañera de turismo fue Milagros, esposa de otro miembro de la orquesta, que estaba de acompañante, en las mismas condiciones que yo.

La visita a la Alhambra  (entonces se podía hacer sin petición de hora) nos llevó una mañana entera. Una chiquita joven, que nos sirvió de guía, nos explicó con todo detalle la grandeza de aquel recinto.  Recorrimos sus salones, sus patios y jardines disfrutado del olor y el frescor de sus fuentes. Al llegar a los aposentos donde Boabdil y Morayma habían vivido parte de su vida, nuestra encantadora guía comenzó una narración que nos tuvo ensimismadas y emocionadas a Milagros y a mí como si de un embrujo se tratara.

“Mohamed XII, llamado por los cristianos Boabdil el chico, fue el último Rey de Granada de la dinastía Nazarí, nacido en la Alhambra hijo de Muley Hacen y de la sultana Ahisa. Se sublevó en Guadaira contra su padre en 1482 y accedió al trono gracias al apoyo de lo abencerrajes y de su propia madre.

Boabdil era alto y esbelto, de pelo oscuro y tez morena, con unos ojos grandes que le daban tranquilidad a su semblante, su porte era majestuoso, y en los momentos más difíciles, demostró siempre su valeroso corazón y su arrogancia de raza.

En Loja, volviendo de una de sus numerosas batallas, conoció Boabdil a Morayma, la hija de Aliotar. Sus ojos se cruzaron y sus almas se juntaron para siempre. Al volver el Rey a Granada, triunfante y lleno de vida, eligió a Morayra por Sultana, celebrándose las bodas reales con pompa y alegría. Uno de los pocos momentos de su existencia, de respiro y felicidad.

La desdichada vida en soledad de esta mujer fue constante. Tuvo que ver partir a su marido a numerosas batallas. Después de darle un largo abrazo, se subía a un torreón y allí, inmóvil, con los ojos anegados por las lágrimas, no apartaba su vista de aquel ejército hasta que los torbellinos de polvo desaparecían, en el horizonte de la vega.

Boabdil siempre estuvo alentado a batallar por su madre, Ahisa, mujer de carácter varonil abandonada por su esposo, quien prefirió el amor de una cristiana llamada Zoraida o «Isabel de Solís» (según quien hable de ella) y para la que construyó un palacio a los pies de la Alhambra, que todavía hoy se puede visitar, como el palacio de Dar al-Horra.

Morayma no podía soportar que su suegra, despechada por el abandono de su esposo, instigara a su hijo a vivir en continuas guerras contra su padre, además de las que tenía que librar con los cristianos.

El cautiverio de sus hijos, rehenes de los Reyes Católicos durante nueve años, fue otra de las tragedias que tuvo que padecer como madre.  Los Reyes Católicos habían cedido para Boabdil y sus descendientes un feudo en el reino de Granada. La familia real Nazarí tuvo que partir hacia allá, la primera semana de 1492. La marcha se hizo con todos sus tesoros materiales, pero sin el que más le importaba a Morayma, sus hijos.

Antes de partir, el Rey Boabdil dio orden de levantar el cementerio real de la Alhambra, para que sus ascendientes no quedaran en tierra cristiana. Trasladó sus restos hasta Mondújar, donde mandó construir un nuevo cementerio real, en sitio tan secreto que a día de hoy no ha sido encontrado.

Una de las fechas más felices en la vida de estos monarcas, fue agosto de 1493, cuando sus hijos les fueron devueltos.

La última vez que Boabdil lloró en tierras granadinas no fue en la entrega de las llaves de Granada a los Reyes Católicos. Sus lágrimas se vertieron sobre una tumba, la de su esposa Morayma, la persona a la que amó tanto o más que a Granada, la mujer que se mantuvo siempre fiel a su lado, madre de sus dos hijos y que sufrió en silencio tanto como él, su vida y su desdichado reinado.

Fueron unos días para recordar siempre: el Sacromonte con sus cuevas y folclore gitano; en una montaña al fondo La Ermitas, colegio y convento franciscano, con unas vistas preciosas, unos jardines de ensueño y unas celdas pequeñas en cada una de las cuales se representa una estación del Viacrucis. Hasta allí llegamos Milagros y yo, gracias a Dios, sin ningún percance.

El broche de oro lo puso la representación de la ópera Carmen. El entorno era inigualable. El escenario estaba montado sobre una dársena natural formada sobre el río Darro, al que quedaba pegada la orquesta y como fondo, la Alhambra iluminada. Las butacas se instalaron en el Paseo de los Tristes. La luna llena sobre el cielo andaluz se reflejaba en las aguas del río.

La ópera Carmen es un drama que tiene como argumento la España meridional, desde ese punto de vista exótico, que atraía a toda Europa en la segunda mitad del siglo XIX: contrabandistas, cigarreras, gitanos, corridas de toros y sangrientas pasiones que acaban con la muerte de su protagonista.

Influida por tanta belleza, cuando la música empezó a sonar y las voces de Plácido Domingo y Teresa Berganza llenaron aquel recinto con la Habanera de Carmen, sentí cómo el embrujo de Granada se apoderaba de todos mis sentidos y una emoción indescriptible hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.

Resulta increíble que el escritor Mérimée, y el compositor Bizét, siendo franceses, crearan una ópera tan auténticamente española. Solo se puede comprender desde la universalidad de la música, y gracias a ese don que tienen los escritores y los músicos que, combinado con una dedicación profunda al estudio, los lleva a momentos de inspiración sublime. Sin olvidar el embrujo que sobre reyes, artistas y cualquier persona sensible ejerce Granada.

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1 Comentario

  1. Es precioso, como de es de esperar. Solé combina todas sus cualidades, de inteligencia, sensibilidad, fluidez y riqueza lingüística, buena memoria y belleza personal interior y exterior.
    Sabe muchisimo más que aún está por manifestar, pero lo hará.
    Es una suerte coincidir en la vida con Sole
    Enhorabuena

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