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El Destino de una Reina. Relato de Carmen Jiménez

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Le damos las gracias a Carmen Jiménez por este magnífico relato histórico, que nos ha encantado.

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Hay quién dice que el misterioso destino no es más que el camino que tenemos que seguir en la vida, y que hagas lo que hagas no puedes escapar de él ni cambiarlo.  Que la buena o la mala suerte es un destino marcado. Que el destino es inalterable, es decir, nadie lo puede manipular. En pocas palabras, si se nació para cumplir un papel en la vida, terminaremos haciéndolo o viviéndolo, sea lo que sea.

Hay muchas personas que no creen en el Destino y yo lo respeto, pues yo también pensaba así, sin embargo, quisiera hacerles meditar y por lo tanto les voy a exponer las causas que me hacen concluir en que sí existe. Yo las he repasado mucho en los últimos tiempos antes de mi final y también las he analizado y he llegado a la conclusión que no hubiera podido hacer nada para cambiar mi destino.

Me llamo María Antonieta Josefa Ana de Austria, pero todo el mundo me ha conocido como María Antonieta. Desde mi nacimiento viví sumergida en la fastuosidad de la corte vienesa, rodeada de atenciones y ternura. Mi padre, el Emperador Francisco I, me adoraba y mi madre la emperatriz, al igual que el país entero, vivió embelesada por mí y no podía negarme ningún capricho.

Mis profesores lograron que aprendiera pocas cosas de sus enseñanzas, el profesor de música logró a duras penas que tocase mediocremente el clavecín y los profesores de idiomas solo pudieron hacer que hablara francés bastante mal.

A los 12 años supe que iba a ser Reina de Francia. Mi madre se dispuso entonces, a hacer de mí una perfecta princesa parisina. Y comenzó mi educación para ello.

A los 14 años me casé con el duque de Berry, entonces Delfín de Francia y futuro Rey, que después se llamaría Luis XVI. Por aquel entonces yo ya era una deliciosa muchacha espléndidamente formada, con un exquisito rostro oval, un cutis de color entre lirio y rosa y unos ojos azules vivaces, capaces de condenar a un santo. Mi caminar decían, era digno de una joven diosa. Cuando llegué a la corte parisina solo había ojos para mí.

¿Habría podido entonces cambiar yo mi destino?

En la boda hubo desfiles, grandiosas fiestas y solemnidades, pero… después por la noche acabada la boda no hubo nada, al menos eso consignó el delfín en su diario: Nada “Rien de Rien” una enojosa palabra que seguiría escribiendo durante siete años.

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Yo he sido poco inclinada a la santidad y mi esposo me aburría, por lo que comencé a salir de incógnito por la noche, oculta tras una máscara de terciopelo o un antifaz de satín, y a resarcirme con lo que eran algo más que unas simples galanterías.

El Delfín era robusto y bondadoso, pero también débil y no demasiado inteligente. Por otra parte, el hecho de que durante siete años la Reina no tuviera un embarazo, hizo correr las voces por todas partes de que el Rey tenía una disfunción digamos “fisiológica.”  Se convirtió en el Rey Luis XVI a los 20 años y yo por aquel entonces escribí a mi madre: “¿Qué va a ser de nosotros? Mi esposo y yo estamos espantados de ser reyes tan jóvenes, Madre del alma aconseja a tu desventurada hija en estas horas fatídicas”.

No sé por qué extrañas circunstancias, pronto me convertí en el símbolo escandaloso de la más licenciosa corte de Europa. Trataba de agradar y de obrar con acierto, pero no lo conseguía. ¿Mi destino?  Veamos.

Mis faltas fueron exageradas por la opinión pública y consideradas como ejemplo vivo del desenfreno de la corte. Mis faltas eran el desprecio a la etiqueta francesa, mis extravagancias y la constante búsqueda de placeres en el fastuoso grupo del conde de Artois, y también mi rebeldía y mis interferencias en los asuntos de Estado para encumbrar a mis favoritas, pero ¿acaso no era yo la Reina?

He sido derrochadora, imprudente y burlona, y la prensa clandestina comenzó a pintarme como un ser depravado y vendida a los intereses de la casa de Austria.

La calumnia ha salpicado mi trono, siendo exagerada hasta el paroxismo por los libelos de la Revolución. Según los panfletos, la lista de mis amantes era interminable y pronto fui conocida por el pueblo con el despectivo mote de LA AUSTRIACA.

El Destino había marcado ya en los bosques de Francia los añosos árboles que la sierra habría de convertir en tablas, para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan horrible fama habría de alcanzar en la Historia.

Envuelta en la famosa desaparición del collar, regalo de Luis XV a su favorita Madame Du Berry, se acrecentó aún más la fama de la Reina dilapidadora de dinero.

En Paris, el Hambre reinaba en los barrios, como Dueña y Señora. Las calles eran tortuosas y estrechas, amén de sucias y malolientes, y en los barrios las casas a uno y otro lado de las calles estaban habitadas por gente sumida en la miseria. En las carnicerías solo se veían piltrafas de carne colgando y en las panaderías, panes pequeños, duros y negruzcos.

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Nada representaba un Estado floreciente, a excepción de las armerías.  La fastuosidad de Versalles, y la vida dilapidadora de los nobles, iba alimentando el odio incontrolado de un pueblo, deseoso de poder hincar los dientes como lobos hambrientos, a todo lo que no fueran ellos mismos.

La caída de la monarquía se fraguó en pocos meses. Mi marido no pudo hacerse con las riendas de un Estado decadente, que ni sus propios nobles eran capaces de comprender.

Ni el Rey ni yo supimos entender el carácter de los cambios que se avecinaban, provocando nuestra propia ruina, ya no había posibilidades de reconciliación entre el pueblo y el Rey. El país había dado la espalda a la corona ¿Podía haber cambiado yo el destino?

Axel de Fersen, amante fidelísimo mío, se encargó de preparar nuestro  plan de fuga del país con un grupo de selectos monárquicos. La familia real debería huir saliendo de las Tullerías durante la noche y por una puerta falsa. Solo conseguimos llegar hasta Varanne, donde fuimos reconocidos y detenidos.

La Asamblea Legislativa no tuvo más remedio que someterse a Robespierre y a Dantón. Qué curioso, ambos eran nobles, cultos y adinerados y sin embargo pensaban en que era mejor ofrecer las cabezas de los Reyes al Pueblo, claro lo que no se imaginaron es que su destino también estaba escrito.

Acompañé a mi esposo a la prisión, haciendo gala de un valor que ennobleció, creo, algo mi figura, aceptando con heroísmo la ejecución de mi esposo y la separación de mis hijos. Trasladada a la Conciergerie y encerrada en una celda sin luz, ni aire, sin abrigo y vigilada en todo momento por guardias muchas veces borrachos, mis nervios estuvieron a punto de quebrarse, pero resistí.

¿Podía cambiar mi destino?

Durante mi proceso intenté defenderme, pero después de tres días de deliberaciones fui declarada culpable de Alta Traición.

El 16 de Octubre de 1791, a media mañana fui exhibida en carreta por Paris, ante los ojos de la multitud. Ninguna imagen más expresiva, ni más elocuente, del enorme cambio que se había operado en mí. No había ningún parecido entre aquella ruina humana que marchaba al encuentro de su destino y la mujer que había sido, la elegancia personificada.

Luego, subí lentamente los peldaños del cadalso, redoblaron los tambores, cayó la cuchilla y mi cabeza ensangrentada, asida por los cabellos por uno de los verdugos, se mostró a la multitud vociferante. ¿Pude cambiar mi destino?

Sigo respetando a los que no crean en el Destino, pero… Este fue el mío.

Carmen Jiménez

1 Comentario

  1. Pues sí, he leído el artículo y me ha gustado. Está muy documentado, con datos, fechas, etc. tan puntuales que invitan a la reflexión sobre tantas cosas. Pero lo principal: remite al tema del destino (tremenda palabra) que se puede interpretar desde distintos puntos, que resulta difícil pronunciarse ni decantarse por una opción, Te felicito por ello, aunque yo me debato en tantas dudas que no me atrevo a decantarme. Sé que el destino está ahí, a la vuelta de la esquina, pero ¿cuándo, dónde, en qué circunstancias? Es muy complejo, así que sólo felicitarte y a seguir.
    P/D, Te mando una pequeña reflexión con su punto de ironía.
    ¿Por qué? – en un examen formuló el Profe esta simple pregunta. Y un alumno (el más espabilado, sin duda) contestó: ¿Y por qué no? Es una respuesta tan sencilla, tan concisa y tan simple que resulta ser -por eso mismo- la correcta. Y lo creo porque, a resulta de lo que hubiera opinado Sócrates -o la madre que parió a Sócrates – la respuesta suscita tantas respuestas como la propia pregunta del Profe. Hay que tener en cuenta que el objeto de la pregunta resulta tan globalizador que con sólo atender a la subjetividad de la misma podríamos remontarnos no ya al propio Sócrates -vamos a dejar a su madre en paz- sino también a los propios peripatéticos(así los llamaremos, por ahora, los de los pies ligeros), que ellos fueron los pioneros en el arte de divagar, de decir pero en voz baja, del “ser” o el “no ser”, que no es lo mismo ni mucho menos, si lo sabrán éstos –los peripatéticos- con su maestro, Aristóteles, al frente, todo el día de dios pensando paseando por el patio, qué manía, oye, que no paraban en casa. Pero bueno, todo se les perdona, porque por lo menos filosofaban y algunas cosas se les entendía, que no todo eran juegos de palabras para entretener y confundir al personal, no como ahora que dices “qué bien habla fulano de tal ¿verdad, tú?
    Y vas tú y responde “sí, habla muy bien fulano de tal, pero ¿qué ha dicho el jodío?
    Es todo. Salud.

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