Los Mayores Cuentan

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Dulces reposteras. Relato de Mª Luisa Illobre

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Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por compartir este cuento, que de nuevo nos saca de nuestro mundo y nos transporta a escenarios lejanos.

Hace bastantes años fueron enviadas a las misiones en África Central seis monjas, que hasta entonces su dedicación fue encargarse de la formación de niños de hasta segundo de primaria. Se les dio un tiempo para despedirse de sus clases, así como de su familia y emprendieron el viaje hacia tierras desconocidas para ellas.  Allí fueron distribuidas a distintas misiones y tareas. Sor Marcela entró en una de las misiones acompañada de la hermana Irene. La enseñanza estaba más o menos resuelta por un misionero de edad y lo más necesario era alimentar a gran cantidad de niños que desconocían lo que era una comida normal.

Se instaló una cocina rural, encargándose de las compras un nativo, y las hermanas comenzaron a cocinar los guisos para alimentar a los niños. Eran devorados en pocos momentos. No sabían qué era aquello que estaba riquísimo y esperaban ansiosos que llegara la hora de la cena para repetir la comida. Normalmente eran guisos de patatas con mucha verdura y una pequeña cantidad de carne. Corrió la noticia, y la cantidad de pucheros hubo que aumentarlos, pero las hermanas disfrutaban viendo como los chavales se alimentaban y hasta las enseñanzas con el padre Julián las veían más amenas con el estómago lleno.

Las seis monjas se comunicaban con el resto de hermanas que sí estaban dedicadas a la enseñanza.  Se veían de tarde en tarde. No las iba bien con los nativos. Eran mayores y ellas, aunque ponían gran empeño, no lograban que sus enseñanzas fueran recibidas con agrado. Los alumnos faltaban a sus clases sin motivo, preferían cazar pequeños animales y oír música que sin saber como había llegado a sus manos.

Pasaron varios años. El Obispo consideró que la misión había terminado y las seis monjas volvieron a su país con gran sentimiento. Era mucho afecto lo que allí se quedaba.

A su vuelta, se habilitó un viejo caserón a la salida de la ciudad para acomodar a las monjas, y en él la hermana Marcela acompañada del resto, se dedicaron a lo mejor que sabían hacer, cocinar.  Empezaron a hacer unos bollitos suculentos que cuando se conocieron en la ciudad, atrajeron a muchos al caserón para comprar aquellas delicias que se elaboraban por la mañana temprano y a medio día apenas quedaban. Tenían algo especial que solamente las monjas conocían. Era algo mágico en la que la comunidad ponía todo su empeño.

Después de unos meses las monjas pudieron adquirir nuevas herramientas para facilitar su trabajo. Se pudo hacer un arreglo en el viejo caserón, comprar una cocina especial y la bollería siguió creciendo, lo cual repercutía en que personas de barrios alejados siempre volvían a comprar sus delicias, agradeciendo a las monjas su dedicación y buen hacer.

Solamente la hermana Marcela recordaba lo que tuvo que cocinar para que aquellos niños africanos pudieran estar bien alimentados.

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