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Crucero. Relato de María Luisa Illobre

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Elena y Manuela trabajaban en la misma oficina y se conocían desde hacía más de 15 años. Vivían en un pequeño apartamento y llevaban una vida normal. Un día Elena recibió una llamada de la Compañía Transatlántica de Cruceros en la que le comunicaban que había sido agraciada con un crucero por los fiordos nórdicos y que se iniciaría dentro de ocho días. No podía creérselo, pues a pesar de que tenía afición por participar en toda clase de sorteos nunca esperaba algún premio.

Cuando se lo comunicó a su amiga, a ésta le pareció una idea estupenda, poder disfrutar de unos días en un crucero, nunca lo había imaginado. Se pusieron al habla con la Compañía y a los pocos días llegaron a Barcelona, donde estaba fondeado un gran buque que se quedaron maravilladas pues era enorme, tenía varios pisos y su aspecto imponía. El puerto se fue llenando de personas elegantísimas que tenían reservado el crucero con intención de pasar unas vacaciones increíbles. Las dos amigas fueron recibidas por el Capitán, el cual amablemente les dio la bienvenida y les entregó la documentación en la que se indicaba cual sería su camarote.  Este  se encontraba en el segundo piso bajo las cubiertas. Una vez instaladas comprobaron que era una pequeña habitación con un baño aún más pequeño con una ventana ojo de buey.

Salieron a cubierta y a la media hora el transatlántico se puso en marcha. La alegría fue general, debía de llevar el pasaje completo. Por megafonía se anunció que a las diez  de la noche se reuniría todo el pasaje con el fin de realizar un acto de confraternización, al cual asistieron las dos amigas. Tuvo lugar en uno de los grandes salones repleto de gente con la que pensaron que no tenían nada que ver. Señoras con elegantes vestidos, aparatosas joyas y un aspecto muy ajeno a ellas, ya que no estaban acostumbradas a este lujo desorbitado. El alcohol se servía sin medida por lo que decidieron volver a su camarote.

Encontraron una cena fría servida en su habitación y se acostaron rápidamente, ya que se notaba un pequeño movimiento. Unos fuertes golpes en la puerta les hizo saltar de la cama. Sin abrir preguntaron qué querían. No hubo respuesta por lo que entreabieron la puerta y comprobaron que por el pasillo había una juerga general. Personas cantando a voces, con grandes copas de licor en las manos y chocando unos con otros sin equilibrio ninguno. Volvieron a la cama y después de un rato se hizo el silencio.

Amaneció un día precioso, las chicas, después de desayunar en la cafetería pasearon por la cubierta, estaba vacía, y solamente apoyado en la barandilla descubrieron al Capitán. Después de saludarle comprobaron  que su aspecto había cambiado. Tenía moratones en la mejilla, los ojos enrojecidos e hinchados y despedía un desagradable olor a vino. No sabía quiénes eran esas chicas que le preguntaban por su estado.

La siguiente noche fue aún peor. Hubo baile después de la cena. El resto del pasaje se desmandó después de ingerir tanto alcohol como sus cuerpos aguantaron, el escándalo duró hasta que los músicos pudieron sostener los instrumentos y el Capitán fue llevado a su habitación completamente ebrio.

Este crucero duró seis días. Elena y Manuela, después de todo lo sucedido, dieron por bueno poder llegar a Noruega, ya que el viaje agrandaba toda la belleza que pudieron contemplar. Quedaron en sus retinas los magníficos fiordos y la maravilla de país que, sin crucero, hubiera sido difícil conocer.

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