Los Mayores Cuentan

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Confidencias. Relato de Soledad del Yerro

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Era una mañana preciosa del mes de mayo, y cualquiera que me conociera habría notado mi nerviosismo. Estaba impaciente, sentada en un cenador del jardín, desde donde se veía la carretera por donde llegaría en unos minutos el coche que traería a mi hermana Isabel de vuelta a casa, tras varios años de ausencia.

Cuando llegó, me levanté y las dos emocionadas nos unimos en un fuerte abrazo. Ella, con lágrimas en los ojos, observaba todo lo que su vista abarcaba.

—¡Qué bonito está el cortijo! ¡Qué bien lo habéis cuidado! Esto me confirma que Antonio y tú habéis llevado con acierto y amor el legado que dejaron nuestros padres.

Nos sentamos, le serví un tinto de verano con varios aperitivos, y empezaron nuestras confidencias.

Durante varios años el tío Federico, hermano de nuestro padre, fue nuestro tutor; tras el trágico accidente que nos dejó huérfanas, él fue quien dirigió y encauzó nuestras vidas.

—Yo, al cumplir la mayoría de edad, me desposé con el que era mi novio desde que coincidimos en el Instituto. Como recordarás, él era Ingeniero Agrícola y supo manejar perfectamente la hacienda, e Inés y Juan Antonio, tus sobrinos, llenaron de ilusión nuestra vida, y tengo que dar gracias por haber vivido en esta bendita tierra que me vio nacer.

—Clara, yo me alegro mucho de tu felicidad. Mi vida ha sido muy distinta a la tuya. Te cuento.

“Tenía diecisiete años cuando el tío Federico decidió que me casara con Javier, amigo suyo y un alto cargo de los Altos Hornos de Bilbao; tenía quince años más que yo, había estado casado unos años y su esposa había muerto repentinamente. Me trató con mucha frialdad; al principio, y con mi poca experiencia, pensé que los vascos serían menos fogosos que los andaluces, hasta que un día, insinuándole esta impresión, me dijo: ‘no esperes más de mí, pequeña, yo me enamoré de mi primera mujer para toda la vida’.

En aquella casa, la comida era escasa, el frío y la falta de comodidades me hacían echar de menos mi vida anterior, no podía ni pensar en viajar, ni en comprarme ropa, todo lo supervisaba él.

Una mañana me dijo que se iba a Londres por un mes, el motivo eran los negocios. Había acordado con mi tío Federico que viniera a buscarme para que pasara, con él en Jerez, el tiempo de su ausencia.

Cuando pisé esta bendita tierra, me pareció estar soñando, mi tío tenía preparado un brioso corcel, al que un mozo de las caballerizas me ayudó a recordar su manejo y pude disfrutar de la feria de Jerez en todo su esplendor.

Entre los asistentes se encontraba el príncipe Mohammed Salman Al Saudí, no sé en qué momento nuestras miradas se encontraron y un sentimiento intenso hizo que aquellos días fueran para los dos como una borrachera de amor y placer.

Sabíamos que aquello no tenía futuro, y la mañana que su barco partía hacia Arabia Saudita desde Sanlúcar de Barrameda, nos dimos el último abrazo; yo puse en sus manos la diadema de flores naturales que llevaba en mi pelo. Y vi, cuando el barco zarpaba, cómo las iba tirando hacia donde yo estaba como último adiós.

Regresé a mi hogar y todo siguió igual durante años, hasta hace unos meses que falleció Javier y me encontré dueña de un abundante capital y de mi libertad”.

4 Comentarios

  1. Una vez más, sorprendente!

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  2. Este relato merece más capítulos

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  3. Una bonita historia de vida

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  4. De ahí sale una novela.

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