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Comida familiar. Relato de Mª Luisa Illobre

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Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por este relato que nos recuerda que en muchas familias no todo es armonía.

Ramón y Clotilde Pérez vivían en un coqueto chalet de El Viso. Habían tenido un solo hijo que vivía en Londres desde hacía años. Un buen día decidieron reunir en una comida a la familia, tanto ancestros como descendientes, ya que hacía tiempo que esta familia se había desmembrado poco a poco.

Unas pequeñas invitaciones hicieron el resto. El hermano de Ramón, Felipe Pérez, recibió la suya con escepticismo, ya que no se trataban desde hacía tiempo y se la pasó a su hija Pepita, quien al recibirla comentó que ¿cómo el tío Ramón ahora se acordaba de ellos?

A la hermana menor de la familia de El Viso estuvo a punto de darle un parraque cuando la pequeña tarjeta llegó a su poder, después de que cuando nació su hijo mayor, su hermano Ramón comentó que no había visto un ser más feo en la vida. Sí tenía cara de cualquier animal menos de persona. Esto sin contar con el derribo de la casa de los abuelos, según ella por culpa de su hermano Ramón.

El hijo menor de esta hermana, apodado “peladilla”, nació con una minusvalía enorme. Los pies estaban hacia atrás, igual que las manos. Después de mil operaciones que le tuvieron postrado en el hospital seis meses, le dieron el alta porque el joven cuando podía metía mano a las enfermeras. Se quedó con el apodo de “peladilla”. En todo el tiempo nadie de su familia se acordó de consolarla.

Así que a ninguno de los hermanos les vino bien la invitación. Ramón Pérez, sentado en su pequeño sillón, esperó la contestación de la familia, que ya tardaba porque el final de abril, cuando estaba prevista la comida familiar, se acercaba y él empezaría a hacer pequeñas decoraciones para el día 29 del mes. Llamaría a un pintor de brocha gorda para que diera una manita al salón y poco más.

Pasados unos minutos sonó el timbre. Abrió la puerta y encontró a un anciano que extendía su mano pidiendo limosna. Ramón le despidió con un portazo, pero antes de irse el indigente le lanzó un corte de mangas diciendo que esperara a final de abril sentado en su terraza.  Ramón se quedó extrañadísimo. ¿Cómo aquella persona podía saber algo de su familia? Tampoco de sus intenciones de reunirse, pero no quería pensar más en el asunto, por lo que volvió a su sillón y sin más cambió de opinión.

Llamó a Clotilde, que como de costumbre estaba colgada del móvil, en esta ocasión recibiendo una receta de bacalao que le pasaba su amiga María, y le dijo que el día 29 de abril preparara una buena mariscada solamente para ellos dos. También que comprara un buen vino para poder brindar con su mujer. Al fin y al cabo, llevaban cuarenta años casados y se debían un homenaje.

EL DESPRECIO DE SU FAMILIA FUE BIEN MERECIDO.

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