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Ateneo de Madrid. Artículo de Basilides Manso

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Su nombre completo es Ateneo Artístico, Científico y Literario, y está situado en la calle del Prado nº 21.

Tiene un sabor a Siglo de las Luces, inspirado en la Enciclopedia Francesa y el Liberalismo del siglo XVIII.  Se fundó en 1820, y ya desde entonces fue fundamental en la vida política y cultural de España, debido a los personajes que destacaron entre sus presidentes, como Martínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Conde Romanones y Menéndez Pidal, y sus socios. Debido a sus ideas liberales toparon con el Absolutismo de Fernando VII, que lo cerró en 1823.

En 1835, con la reina Regente María Cristina, vuelve a funcionar, gracias a personalidades como Alcalá Galiano, Olózaga y Mesoneros Romanos.

En 1882 se establece en su ubicación actual; el arquitecto fue Enrique Fort y Guyenet con la colaboración de Luis de Landecho y Arturo Mélida. El salón de actos de estilo neogriego fue inaugurado por Alfonso XIII, acompañado de su madre María Cristina, el 31 de enero de 1884. La fachada es neoclásica, cuya estrechez no da idea de la amplitud del interior: salón de actos, escalera monumental, cátedra, salones de tertulias y biblioteca, una de las mejores de Madrid lo mismo que la hemeroteca. En su decoración destacan cuadros de pintores de XIX: Berruete, Espartel, Madrazo, como más destacados.

Todos los personajes ilustres del XIX y primera mitad del XX eran miembros del Ateneo, y grandes hombres de la ciencia, las artes y la política hicieron tertulias en sus salones y en su cafetería, conocida como “La Cacharrería“.  Entre los socios que frecuentaron el Ateneo se encuentran los escritores Valle-Inclán, Unamuno, Pío Baroja, Pérez Galdós, Clarín, Emilia Pardo Bazán, Mariano José de Larra, Concepción Arenal y Antonio Machado; figuras políticas como Manuel Azaña y Clara Campoamor; y científicos y médicos como Gregorio Marañón y Ramón y Cajal.

Con semejante ideología liberal, aperturista y abierta al diálogo, era esperable que no viera con buenos ojos a los vencedores de la guerra 1936. La desconfianza era mutua, con dificultades y vaivenes, languideciendo hasta ahora que nuevos y viejos ateneístas están por recobrar su viejo esplendor.

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