
El domingo más próximo al día de San Eugenio, el 13 de noviembre, se celebraba la última romería del año, aquella que inmortalizó el famoso pasodoble “El relicario”: “Un día de San Eugenio yendo hacia El Pardo lo conocí…”. Tenía lugar en los alrededores de la ermita del Cristo de El Pardo y se celebró sin interrupción hasta 1936.
Como todas las romerías, seguía el mismo ritual: primero oír misa y después lo importante; coger bellotas, comer, beber y volver a beber, lo que provocaba frecuentes peleas, entre música y baile.
Su origen se remonta al siglo XVII, cuando el rey Felipe IV autorizó que un día al año se pudieran recoger bellotas en las tierras de la corona del Monte de El Pardo. Antes de interrumpirse la romería, llegar hasta allí era toda una aventura para quien no tenía transporte propio. Había que tomar el tranvía hasta Puerta de Hierro; allí, una vez abandonado el tranvía —que daba la vuelta al trole para regresar al centro de Madrid—, uno se subía a la maquinilla de vapor que llevaba hasta el pueblo de El Pardo a gran velocidad: ¡8 kilómetros en casi una hora! Y aún quedaba lo mejor: para subir hasta el Cristo había que hacerlo a lomos de un asno, que te dejaba por fin en el destino de la juerga para celebrar “La Bellotera”.
La romería fue recuperada en 1993, gracias a los vecinos y las asociaciones locales del distrito de Fuencarral-El Pardo de Madrid.
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