Los Mayores Cuentan

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Lys y Pepe. Cuento de Marisol García Alonso

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Érase una vez una niña llamada Lys que, desde la más tierna infancia, fue maleducada por toda su familia. Conseguía siempre todos sus caprichos y, si no los obtenía, se armaba la marimorena; así, poco a poco, su vida se fue descontrolando. Cuando ya no podía ser más odiosa, conoció a su príncipe, que precisamente no era azul —como correspondería—, ya que a él le importaban más los sentimientos de las personas que llevar un traje de Massimo Dutti.

Solo entonces él quiso hacer ver a Lys que su comportamiento en la vida era solo para un rato, mientras que él pretendía tenerla a su lado el resto de sus días.

Empezó por lo más elemental: si ella le pedía un helado, no se lo compraba y, a cambio, le daba un beso. Llegó un momento en que a ella le gustaban más los besos de Pepe que los helados. Como era de esperar, los enamorados se hicieron novios y, pasado un tiempo, decidieron casarse. Ella buscaba un chalé por La Moraleja y él lo miraba en La Ventilla y por la plaza de Castilla.

No se ponían de acuerdo sobre dónde vivirían ellos y sus besos. Pepe era conserje de profesión en la aseguradora La Equitativa, un lugar donde, por las mañanas, el resto de los oficinistas le decían a diario: «Pepe, trae un café; ya sabes de sobra cómo me gusta», o «Trae un café largo con leche semidesnatada». En fin, Pepe había sabido tratar a caprichosos durante gran parte de su vida laboral. Pero, esta vez, su austeridad y su sueldo no daban para tanto como pretendía Lys, y los besos de Pepe dejaron de funcionar.

Así que, cuando parecía que cada uno iba a tomar caminos diferentes, se encontraron por la calle a los padres de ella y todos se fueron a tomar unas cervezas. El que podría haber sido su suegro le propuso alquilar y pagar todos los gastos de una casa en La Moraleja, advirtiéndole que, si no quería seguir la relación con su hija, lo entendería, pero que al menos lo había intentado; al fin y al cabo, sabía muy bien que él era el máximo culpable de tanto capricho de la niña.

Veamos cómo acaba el cuento. Pues Lys y Pepe se fueron a vivir a La Moraleja. Allí, Pepe saboreó lo que era pedir un café como a él le gustaba, bañarse en una piscina a cualquier hora y tener un coche descapotable que lo despeinaba yendo a cincuenta por hora.

Moraleja: «El caprichoso tarda en aprender la austeridad, pero el austero aprende enseguida a disfrutar de los caprichos».

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