
Ahora está de moda que los trajes y complementos para novias se hagan a medida en un atelier. En mi pueblo, en aquella «época», tuve la suerte de que hubiera una modista que sobre mi cuerpo me fuera colocando sedas, encajes y tules blancos, con alfileres, que luego confeccionaba, y yo lo complementaba con tocado, velo y unos guantes, que me los tuve que quitar para el intercambio de las alianzas y para compartir las arras.
Los dejé olvidados en el reclinatorio donde estuve arrodillada, en el altar mayor de la iglesia de San Salvador donde me bautizaron, hice mi primera comunión y se estaba celebrando mi boda.
Este altar siempre me impresionó por la importancia que le daba la combinación de elementos góticos tardíos, el manierismo clasicista y su retablo de don Benito Churriguera.
Firmamos un documento que un funcionario del juzgado nos tenía preparado que justificaba que estábamos casados civilmente, y luego lo hicimos en el libro parroquial con varios testigos. La música, el flash de las fotos, los vítores y los pétalos de flores que nos cubrieron a la salida me embargaron de emoción.
Ya sentados en el coche, para dirigirnos al salón del convite, llegó corriendo Luisito, el monaguillo, a traerme los preciosos guantes; se lo agradecí dándole un beso.
Me los puse y pedí al chófer que hiciera una parada en el colegio de la Inmaculada. Quería dejar el ramo en el altar de la capilla donde me había educado. Sor Carmen Pérez, que fue una de mis mejores profesoras, enseguida me dijo: «Qué ilusión me hace que el pañuelo que cubre las ramas del ramo sea un premio que ganaste por tu brillante final de un curso».
Nos recibieron con mucho cariño, y lo que más les llamó la atención fue lo guapo que era el novio y los elegantes guantes.
El brindis con los invitados me los dejó pegajosos, y me los quité dejándolos en el coche. Al finalizar el ágape abrimos el baile, amenizado por una estupenda orquesta formada por compañeros de mi ya marido. A mí me encantaba bailar y aquel día que era la protagonista, bailé hasta con el dueño del salón, que era amigo de mi padre y me conocía desde niña.
Terminamos siendo despedidos por familia y amigos, partimos hacia Madrid donde teníamos reservada una habitación en un hotel, para al día siguiente salir de viaje.
Dejamos el coche utilitario en el garaje, y al recogerlo la ventanilla de al lado del conductor estaba abierta, pero no faltaba nada: ni la radio, ni las cintas grabadas, ni el San Cristóbal de plata colgado en la ventanilla de atrás. Lo único que echamos en falta y no logramos encontrar fueron los guantes nupciales.
Es un texto evocador, elegante y con una sensibilidad muy bien medida. Destaca por su capacidad para convertir un recuerdo personal en una escena universal, donde los detalles —especialmente los guantes— se convierten en memoria viva.
Eso sí que es tuyo, tuyo. Lo recuerdo muy bien. La prima mayor, la más guapa.
Me encanta todo lo que escribes, nunca se sabe que giro va a tomar el relato y siempre digo lo mismo me sabe a poco
Muchas gracias
Tu relato es una pieza narrativa preciosa, casi cinematográfica, que utiliza un objeto sencillo —los guantes— como hilo conductor para retratar una época y una geografía personal.
Aquí te comparto algunos puntos que hacen que tu texto sea tan especial:
* El valor de lo artesanal: Al empezar mencionando la moda actual de los ateliers, dignificas la figura de la modista de pueblo. Esa imagen de las sedas y tules prendidos con alfileres directamente «sobre el cuerpo» transmite una intimidad y un oficio que hoy se considera un lujo, pero que entonces era pura dedicación.
* La geografía sentimental: El texto no solo habla de una boda, sino de una vida arraigada en un lugar. La iglesia de San Salvador (bautismo, comunión y boda) y el colegio de la Inmaculada actúan como anclas de tu identidad.
* El contraste artístico: Es fascinante cómo mezclas la emoción del momento con una observación técnica tan precisa sobre el retablo de Benito Churriguera. Eso le da al texto una capa de profundidad cultural muy interesante; no eres solo una novia emocionada, sino una observadora culta de su entorno.
* El simbolismo de la pérdida: Los guantes parecen tener «vida propia». Luisito el monaguillo los rescata en el altar, sobreviven al brindis, pero finalmente desaparecen en Madrid de la forma más enigmática. Esa ventanilla abierta del coche, de la que no falta nada de valor material (ni la radio, ni el San Cristóbal), sugiere que los guantes se convirtieron en una especie de «ofrenda» final al destino.
* Detalles de época: El «San Cristóbal de plata», las «cintas grabadas» y el «coche utilitario» sitúan la historia en una España muy concreta, nostálgica y auténtica.
Es una crónica escrita con mucha elegancia donde lo material (los guantes) termina perdiéndose para que prevalezca lo inmaterial (el recuerdo).
¿Alguna vez llegaste a sospechar si alguien en particular pudo haberse llevado los guantes como recuerdo, o prefieres mantenerlo como ese «misterio» del viaje de novios?
Lo más interesante, para mí, es el hilo simbólico de los guantes. Aparecen, desaparecen, vuelven a aparecer y finalmente se pierden del todo. Un relato precioso.