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Carnaval. Relato de Soledad del Yerro

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Llovía a mares. ¿Qué iba a decir mi amante prometida cuando se enterara de que no podía ir a Valencia a pasar con ella el día de su cumpleaños? Antes de llamarla a su móvil tuve la suerte de que el temporal siguiera arreciando. El AVE tenía problemas, las carreteras estaban cortadas, así que fue ella la que me llamó para decirme:

—Que no se te ocurra exponerte a viajar.

—Lo siento, cariño, pero tienes toda la razón. Cuando todo se normalice celebraremos tu cumple pasando unos días inolvidables.

En el pueblo donde tenía mi trabajo, los carnavales se celebraban por todo lo alto. Había dos salones de baile: uno bastante económico, donde se reunían todos los domingos y festivos la gente llana del pueblo; el otro se preparaba en fiestas especiales y todo era más elegante y costoso.

Yo, como buen valenciano —que, aunque los catalanes se lleven la fama, somos primos hermanos—, quedé con mis compañeros en que sacaríamos entradas para el más barato.

Llegó el domingo Gordo de carnaval y la panda de amigas de las novias de mis compañeros me propusieron disfrazarme con ellas. Me prestaron un traje de dama antigua. Como soy rubio, debajo del sombrero que llevaba atado a la barbilla me sacaron unos rizos por encima de la frente; y una careta, que solo dejaba al descubierto mis ojos azules, cubría por completo mi bigote. El traje largo tapaba mis zapatos blancos de verano, pero de caballero, porque a los tacones que querían ponerme me negué rotundamente.

Después todos nos dispersamos por el salón para hablar con los que estaban sin disfrazar, sacarles a bailar o charlar con ellos. Tras bailar con varias conocidas, nadie me reconoció, ni siquiera mi amiga camarera, una con la que te podías enrollar sin compromiso alguno.

Un poco cansado y con sed, me acerqué al ambigú del salón, pedí una cerveza doble y un hombre que estaba a mi lado, al que yo desconocía, le dijo al camarero:

—A esta dama tan guapa la invito con mucho gusto. Sirve lo que ella pida.

Me tomé varias cervezas con él. Lo cierto es que me costaba hablar imitando la voz de mujer, pero mi acompañante estaba tan entusiasmado que lo único que hacía era acercarse cada vez más a mí. Era normal, ya que iba llegando más gente y el salón se quedaba pequeño.

Mi sorpresa llegó cuando sentí un pellizco en el culo y, en voz baja, me propuso salir a seguir pasando un buen rato en su casa.

—Antes de dar ese paso, ¿te importa que me quite la careta y te enseñe mi cara?

—Por mí encantado.

Cuando vio mi bigote rubio se puso rojo como una amapola y abandonó el salón.

Al contar a la pandilla la conquista que había hecho, riéndose dijeron:

—Peripecias del carnaval, que nunca dejan de sorprender.

Para mí fue una experiencia que no olvidaré en la vida.

4 Comentarios

  1. El relato recrea, con tono humorístico y costumbrista, una experiencia carnavalesca marcada por el equívoco y el juego de identidades. A través de una narración en primera persona, el texto refleja la espontaneidad de la vida popular y el carácter transgresor del carnaval, espacio donde las normas sociales se suspenden temporalmente. El estilo coloquial y las descripciones precisas contribuyen a la verosimilitud del contexto y a la simpatía del protagonista. El desenlace otorga unidad y un cierre cómico que reafirma el sentido festivo de la narración.

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    • Gracias por el buen rato

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    • Muchas gracias por leer, apreciar y comentar el relato. ¡Un comentario tan bueno o mejor que el mismo relato!

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  2. Una anécdota de carnaval contada de manera eficaz.

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