
El local, a pie de calle, estaba abarrotado de gente. Familias enteras sentadas a la mesa y los niños gozando con algarabía lo que había en sus platos. Me sorprendió especialmente que algunos pasaran los dedos y se los chuparan dejando los platos impolutos. Fuera hacía calor, entré y conseguí y mesa. Pedí tomar un pastel de cabracho.
Cuando el camarero se acercó a mi mesa, presentó el plato servido en una bandeja con la porción rectangular del pastel anaranjado coronado con una guinda roja en su parte central sobre una cama verde de algún tipo de verdura, una servilleta y tan sólo una cucharilla.
Miré a mi alrededor y todos los demás servicios de las otras mesas tampoco tenían más elementos de cubertería que yo. Me pareció raro, pero no obstante, decidí cortar aquel pastel con el borde de la cuchara.
De pronto, al probarlo, una textura suave explotó en mi boca con un inesperado e intenso sabor a mandarina. Seguí probando la parte de la verdura y encontré un delicado sabor a hierbabuena. Inmediatamente, volví a reconocer los pequeños placeres de mi infancia y entendí el porqué del comportamiento de aquellos niños.
Sin saberlo, mi inconsciente me había llevado a una heladería.
Yo hubiera hecho lo mismo , los helados me chiflan. Por supuesto que no era lo que parecía