
La lectura del relato “La tumba” de Lovecraft ha traído a mi memoria una desconcertante experiencia que viví siendo adolescente. Desde muy joven, casi siendo una niña, tuve el encargo de limpiar y poner los faroles con lamparillas en la tumba de mis abuelos las vísperas del Día de Todos los Santos. La hermana de mi padre me lo encargó cuando se trasladó a vivir a otra ciudad, “privilegios de ser la nieta mayor, pensé yo.”
El cementerio de mi pueblo está situado a las afueras y pegando a él hay una ermita. El edificio se compone de un porche con columnas y una portada principal construida de ladrillo toledano. En el interior, la cabecera de la nave acoge la capilla de la Virgen de Butarque, patrona del pueblo, una preciosa imagen muy venerada por las gentes del lugar. En la pared derecha, cerrada por unas grandes rejas negras y doradas, está la capilla panteón de los Duques de Tamames.
Eran las cinco de la tarde del treinta y uno de octubre cuando llegaba al cementerio. El camino se me hizo largo. Cargada con lo necesario para arreglar la tumba, tardé más de lo habitual porque el aire, frío y cortante, me golpeaba en la cara y me hacía caminar más despacio. Los nubarrones negros que empezaron a oscurecer el cielo me hicieron temer que se avecinaba una tormenta.
Dentro del recinto vislumbré a varias personas. Cuando terminé mi cometido, la lluvia empezaba a caer con fuerza. Sonaron los primeros truenos acompañando a los relámpagos. Los cipreses se iluminaron y proyectaron sus alargadas y espectrales sombras que, en su movimiento, parecían atraerme hacia ellas.
Tengo que tranquilizarme y guarecerme en la ermita, por aquí no se ve a nadie seguro que se han refugiado allí. Abrí la puerta y, por lo que iluminaban unas velas, me di cuenta de que allí no había nadie.
Di al interruptor de la luz, pero todo siguió apagado. De pronto, se abrió la puerta y mi preocupación fue en aumento, con la claridad que proyectó un relámpago vi entrar a don Federico, un enfermo mental recluido en el sanatorio siquiátrico del pueblo, que se dirigía al panteón de los Duques de Tamames (de los que él decía que era descendiente) y, abriendo la reja, penetró en la capilla.
La tormenta seguía y el agua sonaba sobre el tejado como si del Diluvio Universal se tratara. Por una escalera situada detrás de la imagen, apareció iluminándose con una linterna Luisito, un chico de mi edad que había nacido un poco deficiente, y que era el monaguillo oficial de la parroquia, además de una persona entrañable y bondadosa.
Pegada a la pared, me fui acercando a su lado y susurrando le llamé. El chico, asustado, pegó un respingo, pero al reconocerme me hizo señas para que guardara silencio. Apagó la linterna y a través de la reja vimos cómo el panteón se iluminaba. Don Federico, con un mechero, encendía cuatro grandes cirios. A continuación, se agachó y, tirando de unas argollas procedentes de una de las tumbas pegadas al suelo del panteón, logró sacar un ataúd de mármol forrado de rojo por dentro. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, envolviéndose en una sábana blanca, se tumbó dentro de él. Entonces, con voz potente, empezó a recitar:
“Hacer valer mis derechos.
Un año más aquí estoy,
y aunque me tengan por loco,
Duque de Tamames soy.
Lo mismo que este lugar,
la tumba me pertenece,
ya que lo guarda la Virgen
para que por mi alma recen”.
El ruido de unas sirenas y la entrada de varios sanitarios interrumpieron en la escena que Luisito y yo presenciábamos atónitos. Entonces pude enterarme de que todos los años por estas fechas al anochecer, y sobre todo si se formaban tormentas, don Federico se escabullía del manicomio montando escenas parecidas a la que acabo de relatar.
Una historia breve pero intensa, escrita con sensibilidad, elegancia y una atmósfera inolvidable. Perfecta para quienes disfrutan del realismo mágico, las leyendas locales y los ecos de Lovecraft en clave emocional y cercana.
Muchas gracias por tus generosos comentarios. ¡Me animan mucho a seguir escribiendo!
Se me han puesto los pelos de punta, pensando como lo pasarías, Soledad.
No sé cómo se escapaba del psiquiátrico Don Federico.
Puedes ser verdad, lo has contado muy bien.
Si no es verdad, admiro tú imaginación.
Muy buena historia para el día de Todos Los Santos. Se unen la el misterio, lo mágico, lo desconcertante y la cruda realidad de la debilidad humana para crear un relato inquietante. Me ha gustado.
Me alegro mucho de que te haya gustado el relato. ¡Muchas gracias por tu comentario!
¡Qué historia tan fascinante!
Me gustó cómo se describe la escena de manera detallada y vívida, lo que me permitió imaginarme el lugar y la situación. La forma en que describe a don Federico, su comportamiento y sus palabras, es muy efectiva para crear una atmósfera de misterio.
Me ha gustado mucho y me ha dejado con ganas de saber más sobre la historia y los personajes. ¡Gracias por compartirlo!
Muchas gracias por tu mensaje, es muy motivador y me anima a seguir creando y escribiendo historias.
Un relato de altura literaria por su contenido y vocabulario.Insuperable para el mes de noviembre
¡Muchas gracias por tu generoso comentario!
Sole, enhorabuena, cuanto me haces disfrutar y saborear, todo lo que de tu magnífica cabeza sale. Eres en todos los aspectos, magnífica.