
En la plaza de las Cortes, delante de la estatua de Miguel de Cervantes, hay una X marcada en el suelo. Señala el lugar donde se descubrió el tesoro, durante la ejecución de unas obras en 2009: una caja de plomo de unos 40 x 20 x20 cm, puesta allí cuando se levantó el monumento en 1834.
Después de 175 años, nadie en la obra sabía nada de la caja. ¿Un tesoro? ¿Qué hacía allí aquella caja? Era una cápsula del tiempo.
Dentro de la caja de plomo había otra de cristal y desprendía un olor nauseabundo. Para evitar que se estropeara el mensaje, habían empleado todos los conocimientos que estaban al alcance de su mano, y así la protegían contra roedores o cualquier otro animal.
En la caja, una vez abierta con un soplete, encontraron información para la posteridad, como se hace ahora en las grandes obras. Había varias ediciones del Quijote, biografía de Cervantes, calendario de 1834, monedas de bronce, litografías, un ejemplar de La Gaceta de Madrid y una Guía de Madrid para forasteros, entre otros objetos.
Estos objetos, una vez estudiados, formaron parte de una exposición temporal. Ahora se encuentran en el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares, pero no están expuestos.
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