
En el último tercio del siglo XVII se empiezan a colgar faroles en la entrada de algunas casas importantes de Madrid, pero la oscuridad seguía siendo grande. A principios del siglo XVIII el Ayuntamiento obligó a los vecinos a poner un farol en la entrada de su casa, y no fue hasta 1765 cuando Carlos III ordenó instalar un alumbrado público operado por 115 faroleros que atendían 4.600 farolas de aceite en toda la ciudad.
En 1832 se empieza a instalar un alumbrado público con farolas de gas; en los sitios importantes como el Palacio Real o la Puerta del Sol se colocan candelabros, terminándose la instalación en 1847. Este alumbrado por gas fue lo que originó el oficio de farolero tal y como se practicó hasta su desaparición.
En 1878, para conmemorar la boda de Alfonso XII con María de las Mercedes, el Ayuntamiento colocó dos grandes candelabros en la Puerta del Sol. Estos candelabros de luz eléctrica por arco voltaico se aprovisionaban por una máquina de vapor instalada en los bajos de lo que hoy está la sede de la Comunidad de Madrid. En 1879 se celebró una corrida de toros nocturna iluminada.
La figura del farolero se hace común por todo Madrid cuando el alumbrado era por gas. Llevaba una pértiga con una lámpara de aceite en el extremo superior y, una vez abierta la llave del gas, aplicaba la llama y la farola quedaba encendida, hasta la mañana siguiente que tenía que acudir a apagarla, así una farola tras otra.
Con la instalación del alumbrado por electricidad siguió el farolero, ahora con una pértiga sin fuego. Abría la llave de la corriente eléctrica, situada fuera del alcance de los viandantes. Y el farol se iluminaba, y a la mañana siguiente hacía la operación inversa.
Cuando centralizaron el servicio de dar o cortar la electricidad, los chavales del barrio ya no podíamos cantar al farolero: “Soy el farolero de la Puerta del Sol, pongo la escalera y enciendo el farol”.
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