“Instante de paz”
Soledad del Yerro
Las Cabezas— Villavieja de Lozoya.
Me siento en paz, envuelta en un microclima de pinos, laureles y ciruelos que respiran conmigo. La montaña está cerca, no solo en la vista, sino en el aire mismo, en el perfume fresco que se cuela entre las ramas.
Los pájaros cantan como si celebraran este cielo azul limpio, esta tregua del mundo. Aquí, entre el trino y el verde, siento que el tiempo se disuelve y solo queda el gozo sencillo de estar, de ser.
Esto trae a mi recuerdo cuando de adolescentes mi abuelo nos preguntaba a mi hermana y a mí:
— ¿Qué os gustaría ser, montaña o llano?
Rosana, que era la mayor, decía:
—A mí, montaña de la sierra norte del sistema central, que vertebra el centro de la Península Ibérica, abrazándola, trayéndole aire fresco y, sin cortar el camino de sus visitantes, les hace disfrutar de unos maravillosos paisajes, sentirse cerca del cielo. Cuando se sientan a descansar, en uno de sus peñascos, el vuelo de aves rapaces, con sus ruidosos graznidos, lo contemplan tan cercano que se sienten protegidos. Mi pandilla de amigos vamos siempre con un monitor, aunque solo sea para hacer senderismo, pues él sabe de refugios donde poder cobijarnos si nos sorprende una tormenta que, bien guarecidos, resulta espectacular.
Yo no tuve otra opción que pedir ser llano; lo cierto es que entonces no sabía muy bien cuál era el sentido de la pregunta, pero conocía el Valle de Lozoya, ya que, por vivir en Madrid, sabía que el agua que bebíamos venía de su río, represado por pantanos; así que para salir del paso dije:
—La llanura del Valle de Lozoya es una herida luminosa entre montañas; todo en él desciende con calma: el río, la niebla, la mirada. Aquí el paisaje no se impone, sino que acompaña. Los pinares murmuran antiguas historias, las piedras de los pueblos guardan el calor de las manos que los construyeron, y el agua, siempre el agua, corre limpia entre sauces y helechos. El valle respira como si tuviera memoria, es un refugio sin muros donde la belleza consuela al que lo admira. Aunque también hay que asegurarse en verano escoger para bañarse siempre sitios seguros y sin peligro.
Mi abuelo dijo sentirse muy orgulloso de las dos, pues nuestro amor a la naturaleza nos haría ser sensibles y conservar siempre su entorno. Además, nuestras respuestas habían sabido igualar el poderío de la alta montaña con la sencillez del bajo y llano valle.
Esto, según él, se aplicaba al género humano: nunca debíamos olvidar que la fortaleza, la humildad y la belleza interior son las cualidades más valiosas que nos igualan a la naturaleza para que el mundo en que vivimos sea infinitamente mejor.
Hoy, como digo al principio, estoy disfrutando de la cercanía majestuosa de la montaña y de la paz que la llanura del valle me transmite.
Muy delicado, el texto destaca por su lirismo, su equilibrio entre emoción y razón, y su mensaje intergeneracional de amor y respeto por la naturaleza.
Un escritura evocadora para una narración llena de sensibilidad.
Una vez más, sorprendente la transmisión del paisaje. Parece que se viaja por esa ruta.
Me encanta
Qué bien que la naturaleza te haya inspirado esos sentimientos de paz y la forma tan poderosa de transmitirlos.
Genoveva Esso
Precioso Soledad, como todo lo tuyo, pleno de emoción, lirismo y verdad. Enhorabuena.