
Cuando era niño creía que mi abuelo era mago porque era capaz de sacar de mi oído una moneda de un euro cada vez que iba a su casa a visitarle, a él y a mi abuela. Otras veces se inventaba cuentos en los que yo era el protagonista y los adaptaba a mi gusto. También hacía que yo fuera invisible cuando jugábamos al escondite y no me encontraba, aunque estuviera delante de sus narices. Aquello, en mi mente infantil, provocaba asombro, así que pregunté a mi madre si mi abuelo era mago; no tesoro, me dijo, la imaginación y el cariño de algunas personas, son los que crean la magia. Aunque no comprendí entonces lo que mi madre quería decir, la explicación llegó a mí junto con los años.
Aunque mis abuelos vivían lejos de nosotros, un par de días a la semana, me iban a buscar al colegio, a veces se turnaban y otras iban los dos. Casi siempre me llevaban para la merienda, yogures de vainilla que tanto me gustaban, sobre todo, porque mi abuelo fingía que se enfadaban alegando que eran para él y amenazándome con comerse mi barriga que, decía, sabría a vainilla. Mi colegio estaba muy cerca de El Retiro y cuando hacía calor nos íbamos a merendar a un banco con sombra. Llevábamos pan y pipas para dárselas a los pájaros, sobre todo palomas y gorriones, aunque también aparecían urracas y mirlos, que cuando nos veían soltarlas en el suelo, venían en bandadas. Mi abuela llevaba en el coche un patinete que me habían comprado para cuando fuera a su casa, pero como iba poco, lo acercaba al colegio para enseñarme a montarlo. Juntos, los dos o los tres, si venía mi abuelo, íbamos hasta mi casa con él, mi abuela detrás de mí por la acera, vigilando que no fuera muy deprisa o que atropellara a alguien. Mi abuela era muy guapa y elegante y, a pesar de los años, le gustaba ir arreglada. El olor de su colonia maridaba con su cuerpo de ducha diaria. Decía que las personas, cuando se hacen mayores, ya no buscan tanto gustar, como no desagradar. Era la más sociable de mis abuelos. No tardaba en entablar conversación con otras personas: padres, abuelos o cuidadoras que aguardaban como ella a que los niños jugaran en el parque. Mis abuelos tenían aficiones dispares que no siempre compartían para no sacrificar al otro en algo que no le gustaba hacer. Decían que una de las claves de mantenerse tantos años unidos era el que habían sido capaces de dejar espacio entre ellos.
Los fines de semana de mi infancia en la que mis padres me dejaban pasarlos con mis abuelos, eran unos verdaderos días de fiesta. No había que madrugar para ir al colegio, y se rompían los horarios tradicionales para comer y dormir. De mañana salíamos por los alrededores a montar en los columpios, toboganes o la tirolina. Por el camino buscábamos lagartijas que abandonaban la acera al vernos pasar para esconderse entre los arbustos. Mi abuela procuraba cocinar aquello que sabía más me gustaba; compraba, para el postre, helados de vainilla y nata y si me portaba bien, me daba uno después del almuerzo. Mi abuelo y yo teníamos nuestros secretillos: un día, siendo adolescente, le hablaba de la chica que me gustaba y de paso, le conté a mi abuelo que a un amigo mío le había comprado su abuelo, su primera caja de preservativos. Mi abuelo sonrió socarronamente y me preguntó, si en la farmacia se la envolvieron en papel de regalo, para después no contenerse la risa por el chiste que había contado y que yo no comprendí en ese momento. Me dijo que no debía tener prisa, que era una decisión importante para los dos y que debía ser meditada. Y así lo hice, esperé a tener la edad para no pedir a nadie el favor.
Cuando nos fuimos a Berlín, se llevaron un gran disgusto. Pero era algo inevitable, a mi padre que estaba en el paro, le ofrecieron un trabajo apropiado a su nivel profesional. Aunque nos veíamos por Navidad y otras fiestas importantes, pasaron muchos años hasta que mis padres regresaron definitivamente. Mi hermano y yo terminamos la carrera y encontramos trabajo allí. Nuestra vida es ahora berlinesa. Para todos fue muy dura la separación en especial para mi madre. Con los años nos fuimos acostumbrando a vernos tan solo en Navidad y algunos días en vacaciones.
Si voy por Madrid, cosa que no hago con frecuencia, colaboro con mi madre en una asociación del barrio que tiene como misión el acompañamiento a personas mayores en soledad no deseada. Mi madre conserva esa desazón por no haber estado junto a sus padres en su vejez y quizás sea la razón por la que pone todo su esfuerzo en este trabajo que considera su misión. Organizan recorridos por la ciudad y otras actividades para fomentar vínculos entre los participantes. En las conversaciones con ellos me hablan de sus hijos, a los que ven poco, de sus nietos, a los que adoran y, sobre todo, de la falta de esa persona con la que compartieron toda su vida y que ya no está con ellos. Ahora es la soledad y la nostalgia las que los acompañan.
No quiero fingir, no siempre en mi pensamiento están mis abuelos, pero cuando estoy con estas personas no puedo por menos que acordarme de ellos y sentir añoranza de su cariño, de la sensación de saberte querido, de su amor incondicional y entonces se erizan el vello de mis brazos y alguna lágrima consigo retener.
Tu relato, me ha retrotraido a mis días con los míos, no hay día que no hable de ellos.
Me ha encantado y, para compartir, buscaré algún relato que tengo y,os lo mando.