
Fui a ver “GYPSY”, un musical clásico que narra la historia de Mama Rose, una madre que recorre Estados Unidos con sus hijas, en busca de la fama en el mundo del vodevil.
Estaba atenta disfrutando de la obra, pues destaca por la buena dirección de la orquesta y de los músicos que la componen, así como por las actuaciones de su elenco, el vestuario y el sencillo y luminoso decorado.
Había una silla vacía a mi lado, la única en la esquina de la fila. Cuando de pronto la ocupó un caballero, lo miré y me di cuenta de que era Antonio Banderas; me sonrió, y yo le correspondí, y seguimos viendo la obra hasta que terminó la primera parte. Al encenderse la sala y empezar el descanso, él se puso unas gafas de sol y una gorra visera.
—¿Perdone, señora, me he dado cuenta de que sabe quién soy, ¿no es cierto?
—Naturalmente, he visto muchas de sus películas, y sé que es el director de este musical.
—Pues no se extrañe de que me camufle durante el descanso, porque si no, armo un revuelo impresionante en la sala.
—El ser famoso es lo que tiene, seguro que le halaga, pero le abruma.
—Está usted en lo cierto, me encanta ver el cariño que me dispensa el público, pero hay veces que tanta foto y tanto abrazo te acaba agotando, aunque la verdad es que soy muy feliz con esta maravillosa profesión.
—Yo le doy la enhorabuena por sus éxitos, y por el trabajo que sé que le gusta dar a músicos y actores. Estoy emocionada de haber tenido la ocasión de mantener esta pequeña charla con usted, y le deseo de corazón que siga acumulando muchos triunfos.
—El placer ha sido mío, muchas gracias por sus deseos y su comprensión.
Desapareció por una puerta, camuflada por el artesonado de madera de la pared que estaba cerca de la butaca donde estuvo sentado.
Muy ocurrente
A la realidad le pones un poco de imaginación y te queda un relato chulo, chulo.
Jajajaja! Parece casi real
¡Es que la historia es absolutamente real!
Pronto te publicarán Tusquets o Planeta, al tiempo….