Los Mayores Cuentan

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Visita. Relato de Carlos F.

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Un día soleado apareció tras el cristal de la ventana de la habitación de la Residencia geriátrica, que desde hacía unos meses era el domicilio de Inés, la abuela de Blanca. Era domingo, el día esperado por la anciana mujer, la mañana de la visita semanal de su nieta.

Con sus energías aún sin usar, se levantó de la cama articulada, se dirigió al baño y cuando salió de él era una mujer radiante; su pelo blanco ensortijado lucía brillante y la piel de su rostro aparecía iluminada, no tanto por la crema facial como por la ilusión de ver a Blanca.

Salió de la habitación y fue directa al comedor, se sentó a la mesa que le correspondía y esperó pacientemente que la auxiliar trajese el desayuno.

El reloj de la sala marcaba las nueve y quince, aún quedaban casi dos horas para la llegada de su nieta. Tomó con calma el café descafeinado con leche, mojando galletas sin sal ni azúcar. Después la auxiliar le dio las pastillas que tomaba a diario, una tranquilizante y otra para la tensión. Acto seguido, se levantó de la silla y, con paso decidido, apoyada en su bastón, se acercó a la sala de estar, donde saludó a Andrea, su vecina de piso, y a Luisa, cuyo marido se encontraba también en la Residencia en la zona de paliativos.

Cuando supuso que eran las once de la mañana y el reloj marcaba las diez cincuenta y cinco, se levantó apoyándose en los brazos de la silla y caminó hacia la recepción donde se encontraba la puerta de la Residencia. Saludó a la recepcionista y, saliendo de la Residencia, se sentó en un banco bajo el porche. 

Desde allí tenía una vista de la entrada y del jardín con el césped y las huellas de piedra que conducían hasta donde ella se encontraba.

La vio llegar como siempre: el paso rápido, el pelo recogido en una coleta, la cazadora vaquera que le había regalado en su último cumpleaños, unos pantalones que a Inés no le gustaban mucho, que su nieta llamaba fluidos, y sus sempiternas deportivas. Tenía la cara risueña de siempre y, como siempre, se arrojó a sus brazos y la llenó de besos. 

—Abuela, qué bien te veo, cada día estás más joven.

—No seas zalamera —contestó con alegría la abuela.

—¿Vamos a dar un paseo? Hace una mañana de verano.

—Pero yo pago hoy el vermut y los boquerones.

—Y yo te contaré novedades del barrio y del Instituto.

El regreso a la Residencia, como cada domingo, se hizo en silencio, hasta llegar a la puerta en donde se despidieron con un sentido y amoroso abrazo hasta el domingo siguiente.

Mientras se encaminaba al comedor, Inés no cesaba de acariciar y oler su ropa donde se había quedado impregnado el olor de su nieta, de su perfume. Era lo que la haría resistir en la Residencia toda la semana.

2 Comentarios

  1. Me ha gustado, por que pone de manifiesto la importancia que tiene la juventud para las personas mayores.

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  2. Un cuento muy elocuente, me ha gustado mucho. Para muchas personas mayores, la compañía y el cariño de sus seres queridos es lo que les mantiene vivos.

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