Los Mayores Cuentan

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Chumy Chúmez y el humor. Relato de Marisol García Alonso

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Desde niña aprendí que el sentido del humor suaviza la adversidad. Siempre he procurado rodearme de quienes lo tuvieran.

Un humor superior era el que desprendía el humorista gráfico Chumy Chúmez, que siempre supo reflejar en sus obras el contexto de nuestro país con un estilo absurdo y certero. Nuestras cenas, llenas de inagotables conversaciones, interrumpidas por constantes risas, eran interminables. Chumy me decía que yo podía haber sido una actriz cómica en este país, sin darse cuenta de que era él quien potenciaba mi sentido del humor.

Una tarde vino a verme al hospital con su último libro recién publicado debajo del brazo.

—Chumy, ¿por qué no me lo has dedicado? —le pregunté al hojearlo.

—Pues no te lo he dedicado porque te veo bastante malita y, si te mueres, me vale para otro.

La ocurrencia me hizo reír, tanto que logró que esta tarde me resultara más amena que cualquier otra.

—Chumy —le dije un poco más tarde—, si alguna vez te mueres, estoy segura de que estarás magníficamente en el cielo.

—No lo creo. No estoy nada seguro de que en el cielo tengan cocochas…

Ya que estábamos en un hospital hablando de la muerte, le recordé la vez que casi se muere por culpa de un diagnóstico equivocado y su gran amigo Manolo Summers le fue a visitar con una corona de flores, que puso al pie de su cama.

Es evidente que el humor negro que tanto le achacaban a Chumy no era exclusivamente suyo.

Aquel error médico consistió en no darse cuenta de que Chumy tenía apendicitis. Cuando le bajaron al quirófano ya se había convertido en una peritonitis. Tuvieron que hacerle en la tripa a varios costurones a los que supo sacar una rentabilidad que solo estaba al alcance de un genio como él.

Desde entonces, los médicos invitaban al bueno de Chumy a sus conferencias y, al final de la charla, le llamaban para que contara su experiencia con la peritonitis y la razón por la que llegó a confundir a los médicos que creyeron que solo tenía un dolor de testículos… Él, sin ningún pudor, lo decía. Y añadía:

—Si queréis ver las costuras de mi tripa, hay que pagar.

Los médicos reían y depositaban dinero en una caja que Chumy entregaba después como donativo a la Cruz Roja.

El humor fue y seguirá siendo mi salvavidas cuando me toca nadar a contracorriente. Cuando es inteligente, nunca me ofende, sólo me daña profundamente el del patán que sabe lastimar.

Gracias a Dios sigo con ganas de reír.  Si el daño que me hicieron nunca es restituido, al menos sabré que no me he amargado hasta el fin de mis días.

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