
Se levantó con buen ánimo, dispuesta a cumplir con su empleo en el que se encontraba a gusto. Desayunó pronto y salió hacia la parada del autobús que utilizaba habitualmente. La pantalla de la parada estaba apagada, por lo que se dispuso a esperar. En esas llegó un hombre que miró la pantalla y se dirigió hacia ella.
—¿Sabe cuánto tardará en llegar el 27? Voy justo de tiempo y no quisiera tomar un taxi, que la carrera está por las nubes.
—No le puedo decir —dijo ella—, no llevo en mi móvil archivos que marcan la hora del transporte, pero creo que no tardará en llegar, yo vengo con mucha frecuencia y en general espero poco rato.
Pasó un cuarto de hora y el autobús no aparecía. El hombre empezó a moverse de un lado a otro.
—Señor, esté tranquilo, que ya queda poco tiempo de espera —dijo ella.
Él se volvió hacia ella con la mirada fija en su cabeza, diciendo:
—¿Cómo me puede usted contestar así? ¿No sabe que cuando llego tarde al trabajo me cae una bronca? Deje de decir simplezas que no está el horno para bollos.
—Señor, no se ponga usted así, que no es para tanto.
—Me pongo como quiero, y además voy a alejarme de usted que me está oliendo mal su cercanía. Usted, ¿por qué no se lava por las mañanas? Estoy que flipo, hay que ver, entre el gobierno que tenemos y la gente maloliente, vaya país. El jabón está barato y los peines también; usted, ¿por qué no se peina por las mañanas?
—Señor, hasta aquí hemos llegado. Vaya usted a freír espárragos.
Se dio media vuelta, llegó a su casa, se miró al espejo y se metió en la cama.
Me ha gustado mucho este relato, lleno de ingenio y humor. Me ha encantado la narración en forma de diálogo, que le da gran frescura y un ritmo.
A mi me ha parecido buenísimo porque refleja la realidad de cada día