
Al final del siglo XIV había en este lugar una quinta, perteneciente a una hermosa mujer viuda llamada Esperanza, que tenía una hija, a la que llamaban Esperancilla, más bella que su madre, según el parecer de los pocos que la habían visto…
La viuda aceptó acoger al del noble francés Beltrán Duguesclin, que ayudó a Enrique II de Trastámara a matar a su hermano Pedro I de Castilla (“Pedro el Cruel”), pasando a la historia por su frase «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». Al parecer, los seguidores de Pedro I, cogiéndose la justicia por su mano quemaron la casa de la hermosa Esperanza, y según la leyenda, Madrid compró el terreno, llamando aquel lugar Calle de la Esperanza (barrio de Lavapiés), en honor de la viuda. No obstante, según otras fuentes el nombre de esta calle se refiere a una de las virtudes teologales.
Esperanza marchó con su hija a otra quinta no lejos de la anterior, y un día el noble francés vio a la muchacha envelada a través de la foresta del jardín, y a pesar de los velos pudo apreciar su belleza quedando prendado de ella, aunque no consiguió verla sin velos.
El rey Enrique II de Castilla, conocedor de los hechos por su amigo, quedó intrigado y deseoso de conocerla, y se presentó en su casa. Fue recibido con honores y agasajos como se merecía el ilustre visitante, pero sin la presencia de Esperancilla. Quiso conocerla el rey y Esperancilla se presentó, pero envelada, y como no hay nada que nos atraiga mas a los mortales que ver a medias la totalidad de lo que nos enseñan, el rey pagó silencios, compró voluntades, para acercarse por la noche a los aposentos de Esperancilla y verla sin sus velos.
Al fin con sus deseos cumplidos, quedó maravillado de la belleza de la joven, pero más aun ante la fortaleza de su virtud y honestidad, no chilló ni luchó para defender su virginidad, solo pidió al rey un acto, que hizo honesto caballero al más mujeriego. Solo pidió al monarca un anillo que fuera testigo de la infamia que iba a cometer y que finalmente no cometió. Aquella mujer que había vuelto loco al rey de Castilla desapareció y también la quinta con ella, solo quedó el nombre del lugar: calle de la Esperancilla, ubicada en el barrio de Embajadores.
En 1899 el Ayuntamiento cambió el nombre de la calle por Marqués de Toca, en honor del doctor Melchor Sánchez de Toca.
Curioso y magistral, como siempre