Los Mayores Cuentan

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Teléfono. Un relato de Mª Luisa Illobre

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Era un día tranquilo y el matrimonio estaba de sobremesa cuando de improviso sonó el teléfono. Manuel lo descolgó y una voz chillona comenzó a hablar.

—Mire, como acabo de enterarme de que tienen Uds. disponible el estudio de la calle San Marcos, le llamo sin demora para evitar que alguien se me adelante. En este momento llamo a un taxi y me presento ahí inmediatamente.  Serán dos o tres minutos.

La voz chillona no paraba de hablar, sin dejar a Manuel ni contestarle.

—Señora, déjeme decirle que no ha llamado a ninguna inmobiliaria. Es una casa particular y Ud. no me ha dejado decir ni pío.

—Bueno, perdóneme.

Acto seguido vuelve a sonar el teléfono, que Manuel, pensando que era el mismo rollo, descolgó. Era una voz de hombre.

—Le llamo para decirle que esto pasa de castaño oscuro y se me están inflando las narices;  quiero decirle que Vd. es un viejo verde y que ya está bien de miraditas a mi mujer. No le pido perdón por la llamada. Me gustaría darle un buen bofetón —y acto seguido, colgó.

Manuel estaba sorprendido. ¿No sería el día de Inocentes? Pero si era septiembre… Volvió a su butaca al lado de su esposa cuando volvió a sonar el teléfono.

—Catalina, contesta tú.

La respuesta de Catalina fue que él estaba más cerca y era el que debía descolgar. Pero Manuel no quería hablar con nadie, y al final fue Catalina la que cogió el aparato.

—Dígame.

—Por favor, ¿es la boutique?

—No, señora, es un número particular.

—Bueno, es igual. Como veo, mejor dicho, oigo que es Ud. una señora, la llamo para ver si puede Ud. aconsejarme.

—Diga, diga.

—Bueno, pues yo llamaba a una boutique de Serrano que tienen unas cosas monísimas; tengo un cóctel esta noche, pero no sé si tendré que ir de corto o de largo. ¿A Ud. qué le parece?

—¿Dónde es la celebración?

—Creo que es en los jardines de Sabatini.

—Tiene que ir de largo y le aconsejo que lleve algún lazo en el escote, sobre todo que sea de color fucsia.

—Cómo se lo agradezco, señora, seguro que doy el golpe.

Catalina volvió al lado de su marido, que todavía rumiaba las llamadas anteriores, pero al parecer ella volvía ufana. Acababa de hacer una buena acción y la dama anterior daría el golpe en el cóctel.

Como el teléfono seguía sonando, Manuel lo descolgó.

—¿Ud. me oye? —Era una voz en tono muy bajo.

— Sí, le oigo, dígame.

—Por favor, ¿cuántos años tiene?

— ¿A Ud. qué le importa mi edad? —contestó Manuel.

—Mire, señor, tengo siete años y mis padres se han llevado la llave y me han dejado solo en casa… y tengo miedo porque se oyen ruidos extraños; se caen los libros de la librería y hacen ruido.

—Mira, niño, tus padres no tardarán en volver. Ponte la TV, que debe estar la Patrulla Perrera y no des la brasa a personas como yo, que lo que quiero es tener un poco de tranquilidad.

Volvió a su butaca, pero antes afeó a su mujer la conversación con la señora de la boutique.  Seguro que a él no le hubiera pasado.

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