Los Mayores Cuentan

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Excursioncillas. Un relato de Mª Luisa Illobre

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En un pequeño pueblo de Madrid vive un vecino propietario de una furgoneta, y cuando llega el verano, con el buen tiempo se dedica a hacer viajecillos sobre todo a las playas de Levante a precios muy asequibles. Por tanto, y mientras llega el otoño – invierno, su ocupación es trabajar el campo, siempre ayudado por la vieja furgoneta y hacer algunas excursiones. Como es de suponer siempre tiene lista de espera para los buenos días. Tiene que llevar una libreta con el nombre de los interesados.

Una vez medio adecentada de paja y demás, el día 4 se puso en marcha el viaje. Los viajeros eran dos matrimonios jubilados y tres jovencitas del pueblo con ganas de pasarlo bien. En primer lugar, una música estridente invadió el interior de la furgoneta, lo que producía dolor de cabeza a Calixta. Protestó y las chicas no hicieron caso, tomándose un paracetamol.

En el hostal —de cero estrellas— solo había dos habitaciones, una para los jubilados y otra para las chicas. El conductor durmió en la furgoneta.

Los matrimonios se acostaron cada uno en una cama enorme que tenía la habitación. Seguía el dolor de cabeza de Calixta y su marido roncaba a pata suelta a pesar del olor apestante a pies que venía de la otra cama. En la habitación de las chicas una música a todo volumen seguía sonando.

Calixta no aguantó más. Salió a la calle y localizó la furgoneta. Estaba cerrada, pero aporreó el cristal. Al abrir la portezuela el conductor, le comunicó que ella no podía dormir en aquellas condiciones, así que le pidió que la hiciera un hueco en su asiento. Accedió y una vez juntos a Calixta se le fue pasando el dolor, aparte que estaba mejor acurrucada con el conductor que con su marido.

Amaneció un día precioso, pero el otro matrimonio observó que allí faltaba alguien. Comenzaron los rumores. Ya era un poco extraño que la señora no hubiera dormido con su marido. En la calle se descubrió que el de la furgo había tenido compañía y no sabía disculparse. Al marido aquello no le gustaba nada y se dirigió al conductor de malas maneras. Fue contestado con otras peores y las voces se escucharon por toda la calle.

Los aldeanos de aquel lugar también tomaron parte en la discusión porque “ya se sabe, estas frescas vienen a buscar plan y nosotros en esta playa no podemos consentirlo”.

En un momento en que aquello se calmó, el conductor dijo que se había quedado sin gasolina. Salió marcha atrás, mientras aquel jaleo crecía por momentos. Llegó al surtidor que estaba a tres metros. Llenó el tanque, y salió disparado con dirección al pueblo.

Allí quedaron los matrimonios sin saber cómo volver. A las chicas les fue mejor. Estuvieron en la playa con unos macizos impresionantes y pensaron que para la vuelta siempre habría un AUTO STOP que las llevara al pueblo, y dijeron QUE NOS QUITEN LO BAILADO.

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